
La primera vez que fui al cine me tocó el Rex, que era una sala que había al final del Paseo de Zorrilla, que por entonces también era el final del mundo. Más adelante solo había un matadero, un torreón –que yo creía castillo, pero después supe que era un fielato– y el bar de Cardeñosa, que para mí era como el bar de Maradona. El cine lo cerraron en el 86 y, en su lugar, pusieron una tienda de muebles que, más tarde, se convirtió en una perfumería que seguía guardando el proyector del cine, supongo que como homenaje. Y ahora no sé qué es, puede que un salón de apuestas o, mejor aún, un salón de manicura, para no variar. En cualquier caso, la película en cuestión era ‘E.T.’ y yo debía tener cuatro años. Me llevaron mis hermanas y jamás olvidaré aquella tarde porque fue, sin duda, la peor de mi vida. Y, al contrario de lo que pueda parecer, tocar fondo a los cuatro años tiene sus ventajas: sabes que la vida ya solo puede ir a mejor y el mundo se convierte, de golpe, en un lugar luminoso y esperanzador, un espacio sin extraterrestres ni gente fumando entre las tinieblas. Porque, por entonces, se fumaba en los cines. Ahora que lo pienso, quizá venga de ahí lo de llamarlo Rex. Y fumar no era lo peor que se hacía por allí en los ochenta. En cualquier caso, como decía, aprendí ese día que para seguir avanzando en la vida solo tenía que dejarme llevar por mi instinto y evitar las salas oscuras llenas de gente, ya pusieran dentro películas o cubatas. Ese es buen consejo, como norma general y sin entrar en detalles. Pero mucho mejor aún si las películas tratan sobre extraños seres parecidos a la deposición de un dogo argentino.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 25 de octubre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).