Total, que ahí estaba Clara Campoamor, presidiendo la sala con su media sonrisa, su cara de estupor y la vergüenza ajena de un país, el silencio de los muertos y la paz de los cementerios en vísperas de los Santos. Ahí estaba Campoamor, digo, escuchando cómo Sánchez hablaba de feminismo, de putas y de igualdad, de Koldos, de cerdos y de Cerdanes, mientras intentaba hacernos creer que colocar a ‘lumis’ en ministerios es un ‘hábito’. No, presidente. Un hábito es morderse las uñas, cenar un yogur griego, bailar bajo la lluvia. Lo otro es tráfico de influencias, prevaricación, malversación y cohecho. Pero ahí estaba Clara Campoamor, como digo, silente, con su media melena y su media sonrisa, intentando levantar la voz para recordarnos que fue el PSOE quien se opuso al sufragio femenino en 1931, porque es sabido que las mujeres votan mal y se dejan convencer por los machos, fundamentalmente por los machos curas. Y en eso de no dar la voz al pueblo porque vota mal no han cambiado mucho, como vemos. Y en lo de instrumentalizar a la mujer según convenga, tampoco. Y Campoamor, con esa cara como de monja clarisa, un poco pasiega, un poco de Malasaña, mordiéndose la lengua en la sala que lleva su nombre y que no es de estación de trenes sino de penitencia, mirando cómo Sánchez nos hablaba de feminismo, de mujeres y de valores democráticos con sus gafas de azafata del ‘Un, dos, tres’. Y doña Clara, en la página gigante de ‘El Liberal’, convirtiendo la plumilla negra en tinta roja, pero no roja-sangre sino roja-vergüenza, roja-rubor, roja-PSOE.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 1 de noviembre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).