Lo veo cada mañana en la misma parada de autobús en la que, durante años, yo esperé al mío. Por entonces yo iba en compañía de la inmensa pena del creativo estabulado, pero a él le solía acompañar su madre, que era una anciana con aire deportivo, que es el aire que tienen las mujeres elegantes a ciertas horas de la mañana. No hablaban entre sí, pero se percibía buena relación. Él tenía unos 50 y síndrome de Down: cara serena, nariz hundida, facciones suaves y gesto limpio; sus ojos rasgados parecían mirar más adentro que afuera, como si en su mundo las cosas importantes no se vieran y bastara con sentirlas; un ligero prognatismo y una lengua que se intuía excesiva, pero que nunca llegó a asomar por entre los labios. Pero sí algo llamaba la atención era su expresión distraída y sabia, que es la expresión que tiene la inocencia cuando conoce el horror. En su rostro no había rastro de prisa ni de rencor; tan solo calma y una especie de aceptación del destino que no lindaba con la resignación sino, más bien, con una concentración distinta, obsesiva, demasiado callada. Pero había en él una belleza antigua, premoderna, ajena al ruido del tráfico y del cansancio de los lunes, de vuelta al tajo.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 2 de noviembre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).