Hay libros que se abren como quien abre la ventana en plena canícula: esperando aire, soñando con una corriente, pero temiendo un portazo. ‘Morante, punto y aparte’ (Espasa) es exactamente eso, un soplo caliente que entra desde la plaza y que deja un temblor de albero en el estómago. Un libro escrito por Rubén Amón desde la urgencia, pero no la del que escapa del fuego, sino la del que lleva tiempo ardiendo. Aunque, en realidad, creo que Amón no escribe sobre un torero sino sobre una temperatura. Y lo hace con esa prosa suya que recuerda a un solo de trompeta: brillante, excesiva y a veces desbordada, pero dejando siempre algo resonando más allá de cada frase.

El libro arranca en la última tarde, con Morante en los medios de Las Ventas, arrancándose la castañeta como si se quitara la vida de encima. El gesto le sirve a Amón de coartada para relatar cómo un artista en aparente decadencia pudo ser capaz de incendiar un país entero. Porque, en realidad, este no es un libro sobre tauromaquia, sino sobre España, sobre esta España capaz de convertir cualquier cosa en metáfora, excepto la metáfora, que se convierte en dogma. Y lo que Amón narra es cómo el morantismo se convirtió en la grieta inesperada del discurso público, cómo un señor sin redes sociales ni ‘storytellers’ supo levantar más pasiones que todos los asesores culturales juntos y cómo un arte acorralado fue capaz de ganar solo cuando se despojó de los argumentos para limitarse a responder con la verdad y la belleza.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 7 de diciembre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).