Ya en las entradas a la Plaza Mayor se percibía un ambiente diferente al de un viernes normal: las esquinas vigiladas por la Policía Nacional, la puerta del Teatro Zorrilla tomada por la Policía Local y, alrededor del Conde Ansúrez, la policía secreta -a veces solo les falta silbar-, dando vueltas concéntricas como personajes de Vázquez Montalbán. Dirigiendo el operativo varios escoltas personales con el escudo de Moncloa en la solapa de la chaqueta, como corresponde a un expresidente del Gobierno. Porque el que venía a actuar era José María Aznar, claro. Y quizá por eso, ya media hora antes, al otro lado del telón esperaba una extraña mezcla de ciudadanos anónimos, curiosos con el libro recién comprado y los camisas viejas del aznarismo. Envolviéndolos, como los bueyes a los Cebada Gago, toda aquella persona que tenga algo que ver con la estructura del Partido Popular en Castilla y León, aunque sea de refilón: diputados, senadores, procuradores, consejeros, viceconsejeros, secretarios, directores generales, alcaldes, presidentes de diputación, asesores, viejas glorias y hasta Pedro Viñarás. Para que el lector lo visualice claramente, aquello era algo a medio camino entre una tarde de teatro, un mitin de comienzo de campaña y la cena de Navidad de los de Nuevas Generaciones del año 1996. El toque de corneta desde la dirección regional del partido parecía evidente: había que llenarlo. Y lo llenaron, claro: cuatrocientas personas sentadas bajo una luz mortecina, con sus correspondientes cuatrocientos votos para el PP y sus cuatrocientos años cotizados por fila.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 13 de diciembre de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).