Si el fascismo es algo objetivamente malo, el antifascismo debería ser algo objetivamente bueno. Pero, por supuesto, no es el caso. A partir de los doce años y de las doce lecturas, se comienza a aprender que lo contrario del fascismo no es el antifascismo sino la democracia liberal, concepto odiado y despreciado por unos y por otros. Puede parecer un matiz semántico, pero no lo es. Un comunista, por ejemplo, es antifascista, pero jamás podrá ser un demócrata. Otro matiz semántico es el del verbo ‘condenar’. En Valladolid hemos aprendido que el PP puede conjugarlo en privado, pensarlo en silencio o incluso insinuarlo con un gesto, pero, al parecer, decirlo en voz alta es pedirles demasiado. Quizá por eso hayan sido incapaces de condenar explícitamente lo sucedido en la Facultad de Filosofía y Letras, cuando un grupo de encapuchados intentó evitar que se produjera una charla que, finalmente y gracias a la intervención de su decana, Dunia Etura, pudo celebrarse. Hay quien dice que una corporación local no está para condenar nada. Pero, sin embargo, el PP no tuvo ningún problema en hacerlo con el terrorismo de ETA, con el yihadista en 2017 o, más cerca aún, con los actos de sabotaje ocurridos durante el paso de La Vuelta Ciclista a España por la ciudad. O sea que condenar, se condena sin problema. Lo que todavía no entendemos bien es por qué el PP ha decidido que precisamente esto no.

Blanca Jiménez intentó explicarlo, llegando a asegurar que el pleno debe ser el lugar para tomar medidas que mejoren la vida de las personas, «no el de traer mociones para generar crispación». O sea, recapitulando, que un grupo de cafres encapuchados amenazan a la decana para ordenar de qué se puede hablar y de qué no se puede hablar en la Universidad, pero el problema es de la izquierda por generar crispación. Me gustaría saber qué habría hecho el PP si los que se quieren reunir son un grupo de cofrades y los encapuchados que los amenazan hubieran sido una panda de cafres de izquierdas. Que los hay y a paladas. No tengo duda de que, en ese caso, el pleno lo condenaría y quien osara acusar a las víctimas de generar crispación tendría todo su rechazo. Por cierto, en ese caso, quien no condenaría sería el PSOE y VTLP. Y veríamos el mundo al revés, porque en esto del sectarismo no hay demasiadas diferencias entre unos y otros. Y ese es el problema, el cálculo partidista y la ausencia de valores y de principios innegociables por parte de todos. Decía la propia Etura, y con razón, que «los jóvenes de esta ciudad deben saber que las instituciones velan por la defensa de la libertad. Esto no va de izquierda, derecha o centro». Solo le faltó decir: «Venceréis, pero no convenceréis» a los de «¡Abajo la inteligencia!». No hay mucho más que hablar.

Solo que sí hay que hablar más. El PP se está adentrando en terrenos muy peligrosos. Rubalcaba advirtió que la consecuencia de pactar con los extremistas no es que ellos se volvieran moderados, sino que los moderados se volvieran extremistas. Dio en la diana: el PSOE vendió su alma al diablo y la perdió. Las consecuencias están siendo funestas para España y algunos llevamos años clamando en el desierto. Pero si alguien piensa que lo que no valía entonces ahora ha comenzado a valer, sencillamente se equivoca. Al pactar con Vox, el PP también vende su alma al diablo -un diablo que, al contrario que la extrema izquierda con el PSOE, solo pretende aniquilarlos- y, poco a poco, está comenzando a ver normal no ser capaz siquiera de condenar enérgicamente hechos tan graves como lo que estamos viendo. Y solo para no enfadar a su socio. Por cierto, que no dejar de ser curioso encontrarse en el periódico del mismo día esta noticia junto a otra que dice que la Fundación Castilla y León, presidida por Carlos Pollán, va a poner en marcha «un amplio programa de iniciativas orientadas a la formación en valores democráticos, el fomento del pensamiento crítico y la participación, entre las que destacan los convenios con universidades de la comunidad». Pues oye, podrían comenzar con una experiencia inmersiva para Irene Carvajal, que, por supuesto, no tiene ni la menor idea de lo que le hablan y que no solo votó, junto al resto de su grupo, en contra de la ‘condena’ sino que incluso fue incapaz de apoyar a la decana y a toda la comunidad universitaria. ¡Abajo la inteligencia!, vamos.

El PP podrá hacer todo lo que quiera para normalizar a esta gente de Vox. Pero, por supuesto, ha de saber que el resto no somos idiotas y no vamos a callar. Como dice Etura: «La universidad pública tiene la obligación de garantizar la libertad de expresión, de reunión y de pensamiento de su comunidad. Son derechos conquistados por la ciudadanía española y consagrados en nuestra Constitución, y no dependen del contenido ideológico de quien los ejerce, sino de su carácter democrático y pacífico». Pero, por supuesto, a Vox la Constitución solo les importa para cargársela. Y las libertades, igual.

El resultado de la podemización de Vox es la sanchificación del PP, capaz de pactar lo que sea y con quien sea sólo para llegar al poder, que es exactamente lo que criticamos a Sánchez en su momento. El PP aprobó en julio una buena ponencia política que ya está invalidada al ser incompatible su implantación con las exigencias derivadas de los pactos con Vox que se vislumbran en Extremadura, en Aragón, en Andalucía y, por supuesto, aquí. Aquello es papel mojado, como lo fue para el sanchismo. Los suyos, como pasa en el PSOE, no lo criticarán, porque la alternativa es un gobierno de los otros. Pero los que defendemos la democracia liberal y la Constitución no podemos defender actuaciones tan mezquinas, erráticas y oscuras como las del PP en el Ayuntamiento de Valladolid, intolerables e incomprensibles. Ya sabemos, a ciencia cierta, que digan lo que digan, votar PP es votar PP con las exigencias que imponga Vox. Porque hasta Feijóo, ya acobardado, acomplejado y por completo perdido, ha cerrado la puerta a nuevas elecciones en Extremadura, que es lo mismo que cerrar las puertas a la posibilidad de poner a Vox contra las cuerdas en defensa de unos principios innegociables. Si van a pactar con Vox deberían comenzar por decirnos exactamente a cuántos de sus principios irrenunciables van a renunciar. Puede que uno de ellos sea la condena a que los encapuchados amenacen la libertad en las universidades. Y así, poco a poco y sin dramatismos, es cómo la democracia se va quedando sola. Pero sin escándalo. Que es como más gusta por esta tierra.

(Este texto fue publicado originalmente y en abierto en El Norte de Castilla el día 31 de diciembre de 2025, día de San Silvestre. Se puede consultar aquí).