Se ha pasado toda la Navidad en un sillón tapizado, preso de las flores y el silencio. Días antes se hizo daño en la cadera y dejó de salir a pasear la dignidad inmensa de sus ochenta y cuatro años. Durante unos días dio igual la hora del día a la que fuera a visitar a mi padre, siempre me lo encontraba sentado, silente, mirando al frente sin encender la luz, que entraba en el salón entre las cortinas, como una naturaleza muerta. No veía la televisión, tampoco leía; él se limitaba a respirar y a dejar crecer una barba de vagabundo, blanca, precipitada, definitiva. En Nochebuena apenas quiso cenar. Tampoco en Navidad, en Nochevieja ni en Año Nuevo. Mi padre presidía la mesa como quien preside una clausura con sordina, sin comunicarse ni tampoco quejarse. Yo sé qué no era solo el dolor ni la cojera: había algo más, un decaimiento general, una tristeza basal, un miedo en segundo plano que lo alejaba por igual del folklore y de la infancia. Una tristeza poco neurótica.Una pena masculina.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 11 de enero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).