
Yo solo quería ser asertivo, decir lo que pienso de modo directo pero empático, abandonar esa pasivo-agresividad que todo castellano lleva en su ADN y ser capaz de expresar mis sentimientos de manera respetuosa, dejando de lado esa maldita costumbre de decir que sí para no discutir. Porque soy de esos que si se encuentra un pelo en la sopa prefiere comérselo antes de hacer pasar un mal rato al camarero, a ver si va a venir el encargado a disculparse y nos va a tocar hablar. Una vez pagué con un billete de 50 euros, me dieron la vuelta de 5 y no dije nada, por no molestar. «Total, pobre chaval». Cuando estudiaba Derecho estuve tres años sin pasar por una calle para que el camarero de un bar no me viera ni me preguntara por qué hacía tres años que no pasaba por allí, en un bucle autorreferencial de difícil explicación.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 19 de enero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).