
Es un secreto que no necesita ocultarse, un milagro de elegancia y de misterio, una incógnita imposible de despejar que nos ha acompañado desde siempre, como una virgen gótica que hubiera aprendido a dolerse y a mirar el mundo desde la ternura herida, la sonrisa quebrada y un mar en cada ojo. Dicen que Doña Sofía está siempre en segundo plano, pero eso no es posible: cuando una figura es tan grande da igual lo que le pongas por delante, porque el plano se ordena desde ese punto y no hacia ese punto. Quizá por eso nunca le ha hecho falta gritar para ser escuchada. Yo sospecho que en el mundo no hay nada peor que una mujer que grita, una de esas tragedias bípedas e inhumanas que te destrozan los tímpanos y el porvenir con sus frecuencias tristes y ásperas, como puertas que chirrían. Quizá por eso tampoco hay nada tan mágico como una mujer que susurra con la belleza inabarcable de sus ojos tristes y el halo de un enigma, de un drama que se eleva sobre el tiempo y el espacio para dominarlo con su presencia regia y calmada.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 8 febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).