Escribo esta crónica desde el salón de mi casa, con una gata intentando morderme las manos -supongo que le molesta el sonido de las teclas a estas horas -, tras haberme resultadoimposible coger un tren en la estación de Valladolid, que a las siete de la mañana parecía el camarote de los hermanos Marx, con un caos absoluto en los andenes, trenes cancelados y cientos de personas con ojeras incapaces de ir a trabajar por culpa de una huelga que, según el gobierno, jamás ha tenido lugar. Así que, cuarenta minutos después, me tuve que dar la vuelta para, al menos, poder seguir la comparecencia del presidente desde la pantalla de mi iPad y no en una caja de Faraday bajo de la sierra de Guadarrama, sin cobertura, café ni expectativas. No deja de tener gracia que la comparecencia que no pude cubrir en directo por culpa del caos ferroviario tuviera como objetivo explicarnos que ese caos no existe, que está todo en mi imaginación y que no hay motivo para preocuparse.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 12 de febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).