Se ha normalizado esta manera de actuar, como si nada fuera con nosotros, y ya nos parece lo estándar. Pero no lo es. Las empresas –como las personas– tienen una responsabilidad con la sociedad en la que se desenvuelven y con las comunidades que las hacen viables. No hace falta ser millonario para ayudar. En caso contrario nos cargamos el principio de subsidiariedad del estado, cuya labor no consiste en ocuparlo todo y anular la iniciativa privada sino solamente en llegar a donde no se llega de otro modo. No soy amigo de doctrinas libertarias, esto tiene más que ver con posiciones democristianas de toda la vida: hay que permitir que la sociedad civil respire, se organice, pruebe, se equivoque y acierte sin tener que pasar siempre por la ventanilla. Y de paso hay que recordar que lo público debe aparecer cuando los cuerpos intermedios no llegan; no sustituirlos cuando sí pueden hacerlo. Como es el caso.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 13 febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).