
Dentro de la M-30 las cosas se ven de otra manera. Se lo digo yo que me paso la vida entrando y saliendo como si hubiera abierto un agujero en el continuo espacio-tiempo para acomodarme en la paradoja, con los pies estirados sobre el horizonte de sucesos. Hay una manera de ver las cosas a la madrileña, una manera muy particular que no es ni mejor ni peor que la sevillana, la barcelonesa o la vallisoletana. Simplemente influye más porque marca el pulso de la prensa, de la política y de la gran empresa. Quizá por ello se tiende a identificar, de modo automático, como la mayoritaria dentro del país. La estándar. Pero no lo es. En Madrid no hay tiempo para nada –ni siquiera para pensar– y tienden a abreviar: ese toro no vale, ese delantero no sirve, ese político no sabe. En apenas unos segundos se asumen una serie de conclusiones que permanecerán para siempre, sin espacio para la revisión, la duda o las segundas lecturas. Ese resorte a veces termina en agresividad, simplificaciones y precipitación –es decir, en errores–, o peor aún, en una especie de fundamentalismo dogmático que mira mal a la reflexión, la duda o el matiz, llegando a considerar todo ello como sinónimo de debilidad, fragilidad o ausencia de solidez.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 14 febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).