
No hay en toda España dos cocidos iguales. Apenas se habla de ello, pero este es un debate que, como nación, deberíamos abordar en algún momento. No podemos seguir tirando balones fuera ni dejar cosas tan serias como esta sujetas al azar y sin un liderazgo claro, como si fuera, qué sé yo, la izquierda de la izquierda. No, esto va en serio, esta no es una de esas bobadas de los políticos: este es un asunto de vida o muerte. Y es que para todo español el cocido es un asunto de fe, una pequeña misa laica, una conexión espiritual con sus ancestros y su tierra. Si hubiera alguna persona a la que no le gustara, esa persona habría de ser purgada sin contemplaciones. No te fíes de alguien a quien no le guste el cocido: es una persona sin infancia, sin cimientos ni constructos, un ser sin estructura que no ha sentido jamás la verdadera paz interior.
Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de cocido? ¿Podríamos ponernos de acuerdo en el mínimo común que hace que un cocido sea un cocido? ¿Hay algunos ingredientes que podríamos considerar imprescindibles? Yo creo que es ya hora de dejar de mirar hacia otro lado y crear la Real Academia del Cocido, una institución que nos sirva para debatir estos asuntos hasta alcanzar unos consensos como pueblo, casi como raza, una de Constitución del Cocido que concluya con una especie de ‘batua’, como el euskera, una receta básica, un cocido de concentración a través del cual poder seguir creciendo como nación, cada familia con sus peculiaridades y hechos diferenciales, pero con un tronco común, un mismo pasado y un origen propio. Sin eslabones perdidos.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 20 de febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).