
Las redes sociales no son una avenida pública con Scalpers, Zara y Burger King sino un club privado donde se trafica con pornografía infantil, marcos mentales y todo tipo de basura intelectual. También hay gente valiosa, como en los antros, y a veces te sorprende con aportaciones interesantes. Pero el hecho de que las redes tengan cosas buenas no debe esconder el hecho de que también las tienen malas. Es responsabilidad de los padres proteger al menor de ellas, asegurándose, por ejemplo, de que no entran solos en un bar. Pero es responsabilidad del Estado, además, prohibirlo, para que el supremo interés del menor no dependa de la idoneidad del padre como educador. La sociedad limita el acceso de los menores al alcohol, al juego e incluso al trabajo. Del mismo modo –y por los mismos motivos– ha de limitar su acceso a las redes sociales. Porque los aspectos buenos no pueden tapar los malos, como, por ejemplo, el riesgo que supone que se paseen indefensos en medio de un club de adultos con intenciones heterogéneas. Y, sobre todo, en un espacio privado en manos de gentuza que los trata como mercancía a la que vender productos, ideas y bulos. No se trata solo de poner límites al niño, sino, sobre todo, de ponérselos a las plataformas, a las marcas y a los creadores de contenido. Esa es la clave.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 21 febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).