Si Cohen nos enseñó que «hay una grieta en todo y así es como entra la luz», Hammershoi va más allá y utiliza la luz para tapar esa grieta, como si su pintura fuera coagulante, el pincel un torniquete y el trazo una caricia. Y así, el día deja de ser un intervalo de horas para convertirse en una trama de belleza efímera, la textura de la Verdad escapando de la noche. En la exposición que le dedica del Thyssen –y que merece por sí sola un viaje a España– tenemos todos los matices posibles: el primer momento de la noche, el último de la mañana, luz del crepúsculo, luz de luna y luz de invierno. Hay luz de huérfano y luz de llanto. Luz negra, luz gris del ocaso, luz limpia de la mañana y luz fría que abrasa. Luz artificial, luz de gas. Luz muerta. Ello forma un corpus asombroso con algo en común, que es la sensibilidad de Hammershoi tocando arrebato. Cuando ves el mundo a través de una mirada así, acabas por engancharte al viaje y la vida empieza a ser un descubrimiento que nace tras cada puerta. He llegado a la conclusión de que el arte no imita a la naturaleza; quizá sea la naturaleza la que imita a Hammershoi. Y si no me creen, vayan al Thyssen y esperen. Ya me lo dirán en el próximo ocaso.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 22 febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).