Dicen que no se mojaba, que se movía en una equidistancia irritante y que nunca tenía una opinión rotunda. Pero la realidad es diferente: Ónega simplemente guardaba las distancias. Y lo hacía con celo, con un respeto reverencial por la democracia y un compromiso firme con la ironía gallega, esa que, de tanto poner distancia, acaba por acercarnos. En este oficio tan importante es encontrar un buen ángulo como que ese lugar esté lo suficientemente lejos; la cercanía excesiva distorsiona la percepción y la confianza. Y de ahí al activismo o al folklore. Así que la contención y el desapasionamiento son las bases sobre la que trabajan los maestros, que, en su caso, era algo así como levantar un cordón sanitario a la realidad para, minutos después, tirarlo abajo con los afectos. Todos los que le han tratado coinciden en que Ónega era cercano, afectuoso y especialmente dispuesto a ayudar a los que comenzaban. Yo he compartido con él muchos cierres de ‘La Brújula’ –sus famosas cartas– y he sido testigo del efecto que provocaban en el público. Y, sinceramente, resulta difícil de explicar, porque la fórmula era sencilla: un ensalzamiento, dos recuerdos, tres párrafos. Pero el público enloquecía y reaccionaba a sus palabras como si las hubiera pronunciado alguien que fuera mitad sacerdote, mitad bardo. En el restaurante Ezequiel, en la calle Ancha de León, se levantó para ir al cuarto de baño y los presentes se levantaron para aplaudirle, como si quien llorara fuera la Prima Donna del Liceo y no la vejiga de un periodista.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 4 marzo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).