a calle Olmo es tierra de todos: la Rondilla pasada por la luz de Santa Clara y los aires del Hospital. Por si fuera poco, su situación entre el Paseo del Cauce y la Ribera de Castilla confiere a la estampa un aura de irrealidad, como le sucede a la naturaleza encapsulada en los cruces de caminos, intentando ganar espacio a los adoquines para crear vida en la frontera entre las acequias y el desarrollismo. La expansión industrial de aquel Valladolid de los 60 llenó esta zona de gentes llegadas de los pueblos y de las ciudades cercanas. La expansión migratoria de estos días la ha llenado de gentes llegadas de más lejos, sobre todo de Hispanoamérica y especialmente de Colombia. Gente, en cualquier caso, personas como usted y como yo, humanos intentando labrarse un futuro lejos de su tierra. No son mejores; tampoco peores. En aquellos años 60 cambió esta zona de Valladolid y vuelve a cambiar hoy. No sabemos cómo cambiará mañana, pero cambiará, no tengan duda. Porque la vida está en marcha y la historia es eso que escribimos cada mañana. Algunos más que otros. 

En esa calle Olmo, bajo un cielo gris cobalto, un refugio llamado Íncola, que a esta hora parece la estación de metro de Cuatro Caminos: veintisiete trabajadores y más de trescientos voluntarios destinados a integrar socialmente a los inmigrantes que llegan a nuestra ciudad.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 6 marzo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).