Si algo teníamos claro antes de la campaña de Castilla y León es que Vox odiaba al PP. Es un odio visceral, irracional y rayano en lo psicoanalítico, como siempre sucede a quien intenta matar al padre. Por eso su posicionamiento muestra una paradoja: cuanto más intenta diferenciarse del PP, más lo necesita. Su identidad se construye contra él, Vox no combate tanto a la izquierda como al PP. Sin PP, no habría Vox. La izquierda es el enemigo histórico, sí, pero es el PP el manantial de votos. Quizá por ello Vox se ha permitido decir las barbaridades más grandes sobre los populares sin que pasara nada y, sobre todo, sin que el PP le pasara al cobro una sola factura. En parte por cálculo y en parte porque, hasta ahora, el PP se había negado a ver las verdaderas intenciones de Vox. Un error que ya cometió Abel con Caín. Con conocidas consecuencias. Pero en esta campaña algo nuevo ha sucedido: ese PP timorato, acomplejado y débil ha cambiado el tono y desde Mañueco hasta Feijóo han plantado cara a Vox.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 16 de marzo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).