Hay oficios que consisten en hablar cuando toca y otros que consisten en decir algo que merezca la pena. Parece lo mismo, pero no lo es. Un pregón de Semana Santa pertenece al segundo grupo, aunque a veces se nos olvide entre el protocolo, las filas de sillas y esa tentación tan española de convertir cualquier acto en trámite y cualquier trámite en despellejo. Por eso, cuando en la tarde del viernes José María Nieto suba al altar de la Catedral para declamar su pregón, no estaremos solo ante una cita señalada en el calendario sino ante una oportunidad de escuchar a alguien que reúne el don de la sensibilidad y del conocimiento; el de la emoción y el de la sobriedad. Y digo esto sin haber leído una sola palabra de lo que va a decir. En realidad, no me hace falta: hay autores a los que uno les concede ese margen sin necesidad de cautelas, citas previas ni reservas. Conste que lo mío no es un acto de fe sino de memoria; la fe es creer en lo que uno no ha visto y la memoria es recordar lo que ya sabe. Y yo sé que he visto a Nieto brillar escribiendo al mismo nivel que dibujando, con la misma precisión quirúrgica, la misma ironía compasiva y esa ternura que surge cuando menos te la esperas, como la grieta por la que, según Cohen, entra la luz. Nieto es capaz de hacerte reír con lo serio y, un minuto después, tratar lo solemne sin gravedad impostada, que es la forma más elegante de respeto. Y resulta que ese equilibrio tan difícil y tan poco frecuente es exactamente lo que exige un pregón. Por eso el genio surge cuando lo que tú aportas encaja de modo natural con lo que el momento necesita. Y todo fluye como un río que discurre por su cauce.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 20 de marzo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).