
Ahora que vuelven a descubrir quién es Banksy, volveremos a responder que nos da igual. Ya sé que, en estos tiempos, tan aficionados al selfi y la ficha policial, parece obligatorio tener claro quién se esconde detrás de cada máscara. Nos cuesta aceptar que alguien pueda construir una obra memorable y, al mismo tiempo, negarse a la romería de las explicaciones deglutidas. Queremos al genio, pero también su ‘making of’, su doblaje al español estándar y su manual de instrucciones. Porque nos aterra el misterio, que cíclicamente vuelve para recordarnos que no todo está a nuestro alcance. Que la vida va en serio. Y que se ha hecho tarde. En realidad, lo importante de Banksy no es que se llame Robin Gunningham sino que durante años haya encarnado una forma de estar en el mundo que resulta ofensiva: la del individuo soberano que hace lo que le da la gana, cuando le da la gana y como le da la gana; la del artista libre que no se presenta a una asamblea para ser validado, la del que no pide perdón por tener talento y la del que no se presta a la ofrenda pascual de crear el relato antes que la obra. Al contrario, Banksy aparecía, dejaba una huella y se iba. Y en ese gesto de escapista hay una forma de señorío arrogante y torero que el arte parece haber olvidado.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 22 de marzo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).