Para preparar las comparecencias de Sánchez en el Congreso, sus escritores —es un decir— suelen seguir una misma dinámica: preparan una primera parte institucional, grave y con cierta altura de miras; y una segunda parte beligerante, marginal y tirando a arrabalera. Diría que son incluso equipos distintos: el primero formado por ‘gabineteros’ con corbata, manuales de Teoría del Derecho y novia aficionada al teatro clásico; y el segundo un club de fans de los Coen abrazados a una botella de Jägermeister y a ‘El concepto de lo político’, de Carl Schmitt. Parecen intentar que lleguemos a la conclusión de que el verdadero Sánchez es el primero, un Sánchez basal que se eleva sobre la actualidad y la refriega para hablarle directamente a la historia. Y que el segundo Sánchez es solo la consecuencia de las réplicas de la oposición, es decir, un Sánchez obligado por las circunstancias, un Sánchez que reacciona a un Congreso que no está a su altura, como Escohotado recitando a Alejandro Magno en ‘Nunca es igual’, de Calamaro: «¿Os dais cuenta de lo que tengo que hacer para que me tengáis respeto?».

La realidad es que el verdadero Sánchez es el segundo, el iracundo, el vacuo, el macarrilla de Tetuán; el primero es solo un trasunto, un ‘Doppelgänger’, el resultado de su esfuerzo ingente por parecer alguien presentable. Cuando es él mismo se le nota porque le cambia hasta el acento, empieza con los ‘ejques’, el ‘chulapismo’ y esa prosodia de Cuatroca; sin embargo, cuando se traviste engola la voz, pone esa cara cansada como de opositor a Notarías y estira el meñique ideológico para parecer a la vez lo suficientemente soñador y lo suficientemente serio.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 26 de marzo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).