
Lo veo cada día. Creo que es portugués y su ausencia de canas me hace pensar que es más joven de lo que parece. Solo pide cuando lo necesita y, en cuanto logra recoger la cantidad necesaria, entra al mercado para comprar algo de comer y volverse a su banco, negro de suciedad y olvido. El otro día le negaron la entrada en el súper y tuve que entrar yo a comprarle un paquete gigante de pan tostado y una botella de dos litros de Fanta Naranja, que es lo que me pidió. Nada más, nada menos. Me quiso dar el dinero que costaba. Yo no lo acepté, pero quiero dejar claro que ese día no me pidió dinero; tan solo que entrara en su lugar. A la salida vi que a su lado había dos policías municipales, se ve que alguien los llamó, es sabido que los pobres molestan y ni siquiera cuando son capaces de reunir cuatro euros pueden entrar a comprar: hay una señora que se asusta. Y unos minutos después vi a esa misma señora salir y acariciar amablemente a un perrito que alguien había dejado atado en la puerta.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 29 de marzo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).