El martes despedía al Cristo Camino del Calvario, que partía de San Andrés al encuentro con su madre, en lo que se ha convertido en uno de los momentos más especiales de nuestra Semana Santa. Supongo que si el Cristo de la Luz no hace acto de presencia y no sale a saludar desde su capilla en el Palacio de Santa Cruz es solo para evitar desmayos colectivos y un síndrome de Stendhal global. Pero, sobre todo, por eso de no hacer ‘spoiler’ litúrgico. Nuestro Cristo salía de una plaza abarrotada como nunca, bajo un viento helado, como siempre. Hay algo especial en las despedidas de las cofradías de barrio, aquellas que saben que no son las más importantes, las más históricas, ni las más antiguas; las que no poseen imágenes más bellas, ritos más sofisticados, ni carrozas más caras; las que no tienen las mejores bandas, ni los hábitos más caros ni los apellidos más compuestos, pero que, aun así, son las nuestras, las humildes, las imperfectas, las que mantienen su dignidad con discreción y se limitan a jugar el papel que les corresponde. Hay algo bello y antiguo en despedir a Cristo como quien despide a un familiar que parte hacia lo desconocido, algo que nos conecta con el sentido último de una cofradía, la asistencia a los enfermos, a los ancianos, a los pobres del barrio. Y en el caso del Despojado, además dar testimonio de fe a cara descubierta en el mundo obrero. «Todo un orgullo», pensaba yo. Y cuando el Cristo giró desde la plazuela de San Andrés hasta Mantería, di la vuelta a la iglesia para volver a verle en la confluencia de esa calle con Juan Agapito y Revilla, en lo que un día fue un cine y hoy es un activo oculto en un balance. Allí me despedí con una oración. Y lo vi perderse por Cruz Verde.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 3 de abril de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).