Las procesiones de Semana Santa nacen del hecho religioso, pero lo trascienden para adentrarse en el terreno de lo social, de lo cultural, de lo artístico, de lo etnográfico e incluso de lo turístico –es decir, de lo empresarial y lo económico–. Las procesiones de Semana Santa emergen, por lo tanto, desde la fe, pero no son exactamente fe; crecen desde la liturgia, pero no son liturgia. La religiosidad popular es eso y también lo contrario, algo que no es necesariamente malo, pero tampoco inexorablemente bueno. 

Como todo lo popular, la tradición es una esponja que va empapando la pureza de imperfecciones, costumbres y ritos –es decir, lo va humanizando– para convertir la crisálida en mariposa y la liturgia en la expresión de fe de un pueblo: bonita, pero breve; gloriosa, pero frágil; intensa, pero superficial. Y está bien que así sea, porque demasiada tiniebla ahoga la verdad. 

Pero sucede que demasiada luz mata el misterio, y esto es sobre lo que debemos reflexionar: el éxito de las Semanas Santas las está masificando, las asemeja demasiado a eventos musicales, a festivales de artes escénicas y quizá todo ello esté provocando que, por el camino, se vaya perdiendo un poco de sentido, algo de verdad y bastante perspectiva de lo importante, que es que Jesús padece, muere, baja a los infiernos, resucita al tercer día y sube a los cielos. Y allí está sentado a la derecha del Padre. Y esto es tan sumamente grave que, de vez en cuando, hay que pararse del todo para asimilarlo por completo.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 5 abre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).