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(Esta columna fue publicada originalmente el 26 de diciembre de 2018 en El Norte de Castilla).

Haríamos mal pensando que lo que está pasando en Cataluña no forma parte de la política regional. El futuro de esta tierra no se juega hoy en nuestras Cortes sino en Cataluña porque, frente a lo que muchos ineptos piensan, lo que está sucediendo no es algo sentimental. No, España no es una canción de Víctor Manuel. No es “Solo pienso en ti”. Es más serio.

No podemos resolver solos la falta de contribuyentes que sostengan el estado de bienestar, es decir, a nuestros dependientes; no podemos pensar que la paletada de la bandera con la estrella y los lacitos son asuntos suyos, porque esto no va de sentimientos y, que se sientan o no españoles, da igual. Pueden sentirse lo que quieran -eslovenos, marcianos-, pero ese territorio es España. Ir contra ello es traicionar a nuestros padres e hijos, pero fundamentalmente a la Constitución, a la Ley, que es la que nos libra del salvajismo. Pero, sobre todo, porque es esa Ley la que garantiza derechos, que solo se concretan a través de los impuestos, que no los pagan los territorios sino las personas. La suya es una revolución de pijos.

Sugiero a Herrera y a Tudanca que nos representen y que dejen claro a Sánchez y a Torra –“juntos de la mano se les ve por el jardín”- que Castilla y León no va a limitarse a observar, calladitos como niños buenos; que de la prevaricación a la traición hay un paso y de la bilateralidad a la bipolaridad, dos. Que Torra se crea más que Herrera me da igual. Pero que Herrera se calle, no. Que Torra crea que los catalanes son más importantes que los castellanos, da igual, pero que Sánchez lo asuma y Tudanca calle, no. ¿Quiénes se creen para pensar que los ancianos catalanes merecen más que los castellanos? ¿Quiénes para poner a los niños catalanes por delante de los de León? ¿Cómo puede el Gobierno de España aceptar imposiciones de una región? ¿Cómo pueden callar el resto? ¿Hasta donde llega la cobardía y la dejadez de nuestros líderes?

El gran mérito del diablo es hacernos pensar que no existe. Igualmente, el mayor mérito de los trileros es hacer pensar a mentes nubladas y oscuras como la de Sánchez que solo son símbolos. No lo son. Detrás de esa bandera estamos todos, también nuestros antepasados, que lucharon por crear España primero y por crear una España democrática después. A ver si nos enteramos que ponerse por encima de la ley es ponerse por encima del pueblo del que emana, es decir, ser un fascista, y que lo único que se negocia con fascistas es el nombre de la cárcel en la que pasar veinte años aprendiendo que el imperio de la ley -y no eructar consignas de parvulario- es la base de la democracia. Espero que no perdonen un solo día a quien se intente poner por encima del resto, de Castilla, de León. Y, luego, que canten en la celda la versión antigua de Els Segadors, que dice que “con la sangre de los castellanos haremos tinta roja”. Nosotros brindaremos. “No puede haber nadie en este mundo tan feliz”.