El blues de la bisagra

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El ciclo electoral ya es historia. Comenzó hace exactamente un año con aquella moción de censura provocada -no lo olvidemos- por un Rivera precipitado, y desde entonces hemos asistido a una campaña perpetua que ha resultado insufrible. España ya no puede más y pide a gritos tedio, sopor y prisión permanente revisable para los politólogos.

En nuestra tierra, Puente pausa las negociaciones por la alcaldía de Valladolid como primer gesto hacia Ciudadanos, en la esperanza de que estos apuntalen a Tudanca en el Colegio de la Asunción -a partir de entonces ‘Boulevard Francisco Igea’-. El único problema es que Puente puede hacer los gestos que quiera, podría llegar a convertirse en el mismo Marcel Marceu en pleno TAC o -descartada la jota- bailar un aurresku delante de Fernández Antolín, que la decisión no se tomará en estas tierras. El futuro de Castilla y León lo decide Rivera y, pese a que Igea esté deseando formar parte de un gobierno en torno al PSOE y que cuenta para ello con el favor de Garicano, me temo que formaremos parte de una negociación global que empieza y termina en Barcelona.

No se trata de qué es lo mejor para Valladolid o para Castilla y León. Tampoco de cómo establecer contrapesos de poder a Sánchez. No. Rivera decidirá el gobierno de Castilla y León y el papel de su partido en el ayuntamiento de Valladolid o Burgos del mismo modo que decidirá Madrid, Aragón, Murcia o Zaragoza: pensando exclusivamente en el cortoplacismo y en movimientos tácticos para sus propios intereses; no en los del partido, no en los de sus afiliados ni mucho menos en los de sus votantes, sino en los suyos propios, en lo que más le pueda acercar a su objetivo, que no es otro que impresionar a la gente del club de debate y revisar las mejoras de su lenguaje corporal mientras el ‘coach’ sostiene un batido vegano. O sea.

A Rivera, Castilla y León no le importa. Por eso inició aquel 12 de octubre sus acercamientos a Clemente en el Palacio Real; como modo de montarse una estructura sin dedicar tiempo ni esfuerzo, y -sobre todo- sin tener que confiar en su gente de aquí, a la que menosprecia de modo injusto. Esta tierra no tiene glamour, Igea no es guapo y aquí somos más de clarete y torrezno que de hummus y zumo détox. Huele más a oveja que a tramontana. Pero, paradojas, los que otrora se desgañitaban gritando que “con Rivera, no” hoy cantan como un orfeón que “con Igea, sí”.

Rivera no da más; ni en el peor momento histórico del PP, ha sido capaz de llevar a cabo ese ‘sorpasso’ y liderar el centro derecha. Debemos entonces esperar ver a Albert tocando de nuevo el blues de la bisagra, pactando a ambos lados y, en ese entorno, puede pasar cualquier cosa. Si se puede dar el gobierno a Tudanca, ¿por qué no a Gabilondo? ¿Por qué no probar suerte inaugurando su experiencia de gobierno imponiendo liderar Aragón?

Los acuerdos de gobiernos de hoy darán paso a las crisis de 2022 y solo entonces nos rasgaremos las vestiduras naranjas, como Hare Krishnas de la España vacía. Puestos a sacrificar algo a cambio de nada, será Castilla y León, que, de paso, supondrá su pequeña venganza contra Igea, que osó cuestionarle y vencer a su candidata, haciéndole pasar así por la doble humillación de la derrota y del pucherazo. Así que, visto lo visto, solo Rivera puede hacer soñar a Mañueco. Para lo que hemos quedado.

Esta columna se publicó originalmente el 28 de mayo de 2019 en El Norte de Castilla.

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