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Se agradece que el calendario se luzca permitiendo que, por un día, desprecie esta actualidad perniciosa que huele a aceite usado y que degrada a todos los que bizqueamos por mirarla tan de cerca; la actualidad humilla al artista, la verdad le degrada al obligarle a apartar los ojos de la belleza y a centrar su talento en los ojos de Caín analfabeto. Existe el riesgo de que ese olor a fritanga cainita se impregne en el estilo y no lo podamos sacar jamás. Dicen que no se olvida el olor de un muerto y creo que pasa lo mismo con el de una columna sucia y vulgar como esta España inundada en su propia bilis, atrancada de si misma y desbordada de sus miserias, pero esta noche es Nochebuena y la actualidad se detiene; hoy la actualidad y sus protagonistas, con suerte, se empacharán de cadmio y cuñados y, mañana, Fortasec, Lexatin y a por el vermú sin periódico, a leer de nuevo esta columna terrorista y hacer guardia frente a la sopa de pescado, que es lo más parecido que conozco a un estado federal, lleno de identidades previas y cadáveres.

Hoy ponemos el mundo en pausa. Es bueno que, entre tanta velocidad y dinamismo, encontremos absolutos; es necesario que haya algo que no cambie y que permanezca invariable, una piedra al cuello que te impida volar y te recuerde la gravedad como fenómeno fascista, un ancla que te una a la esencia, como si fuéramos Windsor –‘Dieu et mon droit’- y, así, sepamos entender que solo hay avance si hay un punto de referencia estático. ‘Panta Rei’, eso es Nochebuena: un punto de encuentro congelado, una enmienda a la totalidad, un homenaje que las lágrimas hacen a nuestros ojos, estos ojos a través de los cuales hoy miran nuestros muertos. Conviene, pues, que sepamos mirar y hablar solo alegría y belleza; no estamos solos, los muertos también oyen hoy a través de nuestros oídos.

Necesitamos la concentración del velocista antes del pistoletazo porque hoy nos vemos en el espejo, hoy miramos a los nuestros, hoy paramos el progreso y los relojes para ver que, en realidad, somos los de siempre, que a pesar de todo lo que haya podido suceder, son las mismas manos las que parten el pan; que está naciendo el hijo de Dios aunque este año se me haya olvidado poner el Belén; que no ha cambiado el olor del horno de mi madre, ni el barro de las cazuelas ni el tacto del mantel de los días importantes; que sigue ahí la vajilla de la abuela y la pala del pescado y que los mismos rostros sentiremos el calor asfixiante de las mismas calefacciones apagadas.

Hoy comprobamos que no cambiará jamás el color del cielo en estos días grises ni el de la niebla púrpura de los campanarios. Todo sigue igual en esta noche en la que nos unimos emocionalmente a todas las nochebuenas de nuestra vida, a aquellas en las que aún éramos buenos, aquellas noches en las que todavía íbamos a ser valientes, aquellas noches eternas repletas de besos, abuelos y amor. Queda poco de aquello, excepto que los que quedamos, nos queremos. Ciertamente, otros han llegado, aunque este año disfruten en otras mesas, tan cálidas y blancas como la nuestra. Las nochebuenas de los divorciados están cojas por arriba y por abajo, pero pondremos de nuevo calzas a la realidad, pintaremos bigotes a la vida y, mientras quede vino en la mesa, intentaremos también seguir poniendo algo de luz dentro de cada gota.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 24 de diciembre de 2019. Click aquí)