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La diferencia entre estos niños y yo, es que yo he tenido que pasar de los cuarenta para vivir una situación complicada y esta generación va a crecer con estos días anclados en el corazón y la memoria. No los van a olvidar jamás, ya no hay marcha atrás y ahora van a entender que hay lugares de los que no se vuelve. Cuando todo es una incógnita, las expectativas se tornan inciertas y, entonces, las certezas caen como fichas de dominó en una gigantesca cascada en forma de interrogación.

Nada hay más duro que la vida fácil y cuando tienes nueve años y un confinamiento a las espaldas, definitivamente cambia tu manera de ver qué es lo normal, lo probable. Es posible que ahora afronten la vida desde la fragilidad y la humildad, no desde la altanería y la soberbia. Puede que miren a la sociedad desde el agradecimiento y el servicio, no como si les debiéramos algo, al estilo podemita. Puede que afronten las cosas desde el valor del sacrificio y no desde la losa de la tibieza, desde la provisionalidad del tramoyista y no desde la auto-veneración de la ‘prima ballerina’. Corremos el bendito riesgo de tener confinada a la primera hornada de españoles sensatos desde la postguerra y puede que estos días sean claves en su formación como personas. Quizá estemos criando a una generación fuerte que no se va a venir abajo a la primera de cambio. Están viendo las orejas al lobo desde pequeños y no van a bajar la mirada cuando la vida les clave los ojos. Ya saben de qué va esto.

Esta primavera marcará sus vidas y el día de mañana harán cuentas a partir de ella, como nosotros con los Juegos Olímpicos de Barcelona. Su abuelo será su Fermín Cacho y cuando el pueblo superemos esto, lo celebraremos como aquel gol de Kiko a Polonia. Porque lo vamos a superar, a pesar de la infamia y la ineptitud de este pseudo gobierno fallido, inútil e infame. Pero esa es otra columna, que solo leerán cuando esto termine, ni un minuto antes. Yo sí tengo códigos y no son revisables. No soy Almudena Grandes.

Estos niños crecerán habiendo vivido en primera persona una lección que sirve más que veinte talleres de empoderamiento: que las cosas son complicadas, que el esfuerzo da sus frutos y que, cuando no queda otra, es la esperanza lo que queda. Su punto de vista será necesariamente diferente cuando pasen estos días: ahora la crisis y la enfermedad serán posibilidades reales; no son fábulas sino parte de su vida, algo que ha pasado y para lo que ahora ya sí están preparados. No es una distopía de un cuento, han pasado de Caperucita a Mad Max. Y no he visto a ninguno de ellos quejarse, saltarse las normas o lloriquear, a pesar de que son inmortales. Su responsabilidad, su madurez, su inteligencia y la belleza de sus corazones son un ejemplo, una lección y una enorme inspiración para todos. Podrían actuar con egoísmo, al fin y al cabo, no va con ellos. Pero han entendido que, si va con sus abuelos, también va con ellos. Y actúan como si les fuera la vida en ello: con disciplina y con la certeza de que esto no es un juego. Y encima sin perder la sonrisa.

Saben que en otoño recogeremos hojas secas del suelo mojado en días interminables. Cuando todo termine, las plazas no serán las mismas, pero nuestros niños tampoco. El mundo que nos quede, gracias a ellos, va a ser un lugar mejor.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 24 de marzo de 2020 en pleno confinamiento y estado de alarma. Disponible haciendo click aquí).