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Mi amigo Manu y yo queremos crear el ‘Club católico de ocio ordenado’. Quiero llamar la atención de que lo que es católico es el club, no el ocio. Y lo que es ordenado es el ocio, no el club. Es decir, que no es que vayamos a rezar y a reflexionar sobre encíclicas, aunque desde luego no lo descartamos en ningún caso. Vamos a pasarlo bien de un modo civilizado y cuando tenemos dudas sobre qué hacer, miramos con atención a Enrique Ponce, y hacemos lo contrario. Siempre desde una perspectiva estatutaria católica, que no sé concretamente en qué afecta a la estructura del club pero que es ‘conditio sine qua non’ y a nosotros nos hace ilusión dejar claro que no es agnóstico ni aconfesional ni nada. Nos planteamos hablar con la Casa Real para añadir el carácter de ‘Real’ al club, el Real Club Católico de Ocio Ordenado. O incluso hablar con Florentino para ser una división del Real Madrid, el Real Madrid de los clubes de ocio.

Se trata de un club familiar donde podemos ver el fútbol, eurovisión, jugar al pádel y al golf, leer la prensa, toda la prensa -incluida la internacional- sin hablar entre nosotros, con un bolígrafo en la mano para subrayar las ideas más brillantes o las más descabelladas y hacerlo en tranquilidad, sin interrupciones, sin más sonidos que los del jardinero regando el césped. Además de césped, tenemos pensado plantar robles y encinas para dar un paseo o una vuelta en bici o incluso a caballo, porque evidentemente hay caballos. Comeremos en la mesa, bajo techo -comer al aire libre o sentados en un mantel de cuadros es una cosa de bárbaros que no se contempla-, tendremos una capilla para los miembros del club y montaremos una gran biblioteca, pero vamos, en plan gigantesca, escandalosa, una cosa de locos. Y un pequeño lago -pasamos de piscina- para que se refresquen los más pequeños. Es una manera de que los amigos podamos disfrutar las vacaciones de verano -y de paso fines de semana y puentes, claro- sin pasar por el suplicio de viajar, por la humillación de hacer turismo, de ir a piscinas donde ponen reggeaton o a playas donde no se puede leer la prensa. No contemplamos volver a cargar el coche hasta arriba de maletas como si viviéramos en 1983. En el fondo, somos modernos.

El Club tiene un canon de entrada de mucho dinero. Y luego una cuota anual familiar minúscula, austera, contenida, como de centro cívico. No se puede pagar individualmente, el carnet es familiar, aunque evidentemente es una manera de hablar, en nuestro club no hay carnets. Como mucho, escudos heráldicos de piedra en la fachada. El ‘Club católico de ocio ordenado’ -CCOO- tiene una plantilla fija formada por camareros, cocineros, limpiadores, jardineros, cuidadores de caballos, un cura, monitor de golf y de pádel. Y luego nosotros y nuestras familias, que en nuestra cabeza están formadas por mujeres muy muy guapas que sonríen y por muchos niños que corretean y se crían juntos. Pero que en realidad se reduce a mi hija porque él no tiene hijos, ninguno tenemos pareja y como sigamos diciendo este tipo de tonterías, me temo que será por mucho tiempo. No descarto contratar figurantes, tanto a bellas mujeres que nos aguanten y nos sigan el rollo como a muchos niños de anuncio que le llamen a él Papá y a mí ‘Señor José’. También contemplamos raptar a Morata y a su familia, que en el fondo es lo mismo que queremos, pero mucho más fácil y en un pack ya formado y que funciona. Una Opa a una familia. También nos vale la de Ramos si se quitan los tatuajes.

El CCOO es un club familiar, no es un club de caballeros. Los clubes de caballeros son algo un poco atrasado y si los ingleses no dejan entrar a sus mujeres es porque el resto, borrachos perdidos, se las intentan ligar. Pero nosotros -al ser el club católico y el ocio ordenado-, no contemplamos esos giros protestantes. Tiene cabida toda la familia y seremos muy felices sin ir a restaurantes de la costa donde siempre hay un señor con sombrero de torneo de pádel que pide el plato combinado número cuatro pero cambiando la ensalada por patatas fritas. Los viernes de Cuaresma no hay carne, hay torrijas en Semana Santa, buñuelos por ‘Todos los Santos’ y cosas así. Están prohibidas las artes escénicas, las hogueras de San Juan, Halloween y carnaval. Se fomenta la caza menor y la pesca con mosca y en la tele se ponen los toros. Los niños acampan los fines de semana y hay campamentos deportivos y literarios en verano, también para los mayores, que empezaremos por una inmersión en la literatura rusa, para refrescarnos. Los padres no van a la piscina, está prohibido el pantalón corto, las chanclas y los tirantes. No sabemos lo que son las barbacoas. No sabemos conducir. Y me parece lógico porque no somos pilotos. Tampoco sabemos a cuanto está el gasoil. Invitamos a comer a gente que nos caiga bien como Benzema, Alex Turner o Martínez Almeida. Los sábados bebemos un poco más de la cuenta. Y cenamos ensaladas.

No hay carril bici ni huertos urbanos. No saludamos al sol por las mañanas ni le aplaudimos cuando se pone. Hacemos cosas retrógradas como, por ejemplo, querernos. Larga vida a nuestro club.

(Esta columna se publicó en El Norte de Castilla el 3 de agosto de 2020. Disponible haciendo clic aquí)