Cuando todo esto termine, nada será igual que antes. Cuando baje la marea sentiremos un gran alivio por no habernos ahogado, eso es cierto, pero será entonces cuando nos miremos unos a otros y caigamos en la cuenta de nuestra propia desnudez.

El mundo al que llegamos es una incógnita, de acuerdo, pero algunas cosas están claras: llegamos a un mundo muerto. Y nosotros estamos desnudos. Con esas armas hablaremos a un contexto sordomudo, a un momento culturalmente inane, socialmente desquiciado, económicamente devastado. Y saldremos del agua, como anfibios perdidos en tierra yerma. Sentiremos entonces vergüenza, como Adán y Eva tras comer los frutos del árbol prohibido. Y correremos a vestirnos, aunque sea con ropas gastadas. Con lo que sea. Habrá que reconstruir, dirán algunos. Ya. Como si se pudiera. Como si la vida fuera un plan rector de no sé qué subsecretaría regional. (Clic aquí para acceder al texto íntegro en EL DEBATE DE HOY)