Valladolid es esa ciudad en la que dar un paseo consiste en recorrer un slalom de cuerpos abandonados a su suerte, un camino zigzagueante entre obstáculos con apariencia humana, un trayecto memorable como aquel del estadio Azteca, con Maradona esquivando ingleses, pero sin ingleses, solo con vallisoletanos que miran al móvil, absortos, entregados al 4G y al consumo de datos en itinerancia como quien se entrega a su mujer delante de la Virgen de las Angustias.

Hace no tanto había un pacto no escrito en virtud del cual, cuando te ibas a topar con alguien los cerebros de ambos lo percibían unos metros antes con un sencillo cálculo matemático instintivo y tú te apartabas unos pasos a la derecha, la otra persona hacía lo propio y, de este modo sencillo, se evitaba el choque. Voilá. La evolución. Bien, esto ya es cosa del pasado, como las escalas diatónicas, los tobillos con calcetines y el pelo en los occipitales. Ahora los vallisoletanos se juegan la vida a cada paso, fían su supervivencia a la buena voluntad y a un sónar como el de los murciélagos que les diga que enfrente hay otro bípedo -áptero- en las mismas coordenadas del eje espacio-tiempo y que o te apartas o te empotras.

A veces se dan momentos tensos en el encuentro. Tú te echas a un lado, el otro se echa hacia el mismo. Corriges tu posición con un paso leve, como un Nuréyev del asfalto, pero la otra persona hace el mismo movimiento hacia idéntico lugar. Hay una serie de amagos, de fintas, unas miradas penetrantes que intentan escudriñar hacia qué lado va a ir el rival y, mientras los dos corrigen posiciones, uno enfrente del otro, la esquina se convierte en una especie de convención anual de imitadores de Chiquito de la Calzada. Una vez un señor y yo estuvimos varios minutos yendo hacia el mismo sitio. Cuando decidí pararme, él también lo hizo.Cuando por fin arrancaba, el otro arrancaba hacia el mismo lugar. Visto que era imposible, como teníamos prisa, acordamos amistosamente solucionarlo a hostias, para ganar tiempo.

Los teléfonos móviles son móviles, bien, de ahí viene su nombre, de la movilidad. Pero debo ser el único vallisoletano que no ha desarrollado un esguince cervical de caminar el paseo de Zorrilla mirando una pantalla y que aún observa los árboles, que pinta el cielo con adjetivos juanrramonianos, que se fija en los ojos de la gente, en los reflejos del sol en el río, en el color amarillo-orfanato que les salen a las fachadas de los edificios tristes. Eso si no me cruzo con una señora con paraguas, que es una de las peores experiencias que se pueden vivir. Ahí da igual que estés calándote, con cuatro bolsas en cada mano, tirando del carrito de un bebé y con muletas, que ella no se va a apartar ni va a rectificar su camino bajo el alerón del edificio, pegadita a la pared, en una doble capa de protección que ni Frodo camino de Gorgoroth.

Este viernes son Las Águedas, que es el día en el que en el Ministerio de Igualdad manda Pablo Iglesias. Bien, en Valladolid no hace falta, aquí las señoras con paraguas mandan siempre. Y cuando no son ellas son los viandantes con móvil, guiados, como los vencejos, por un liderazgo invisible. Y digo yo que, puestos a hacer carriles bici que lleguen hasta el mismo pie de la cama, sugiero que el ayuntamiento cree una vía para ‘flaneurs’ sin bicicleta, patinete ni teléfono. O eso o que me pongan una señora con paraguas como escolta. Y, en cada esquina, un taller de ‘moonwalker’.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 2 de febrero de 2021. Disponible haciendo clic aquí).