El sanchismo es otra forma de nacionalismo, una vuelta de tuerca que logra que el hecho diferencial nazca y muera consigo, nación de uno solo, patriotismo con pezuñas. Si es difícil explicar el concepto de soberanía a un independentista catalán imagínese a un supremacista de sí mismo, que ni si quiera tiene otros cafres con los que formar rebaño para que su delirio pase desapercibido. 

Al ego-nacionalista solo le importa conservar Moncloa, el resto es instrumental. No le importa Madrid, no le importa que Gabilondo se despeñe y menos aún Ferraz, a los que no perdonará nunca que le echaran a patadas. Por eso esta pantomima de campaña, porque en esta ocasión le viene mejor perder que ganar. Si fuera

 la Bolsa, Sánchez estaría ‘corto’, que no es lo mismo que serlo. Su sueño es que Ayuso gobierne estos dos años con Vox para que él pueda salir a asustar viejecitas con lo de ‘o la ultraderecha o yo’. Si, además, como parece, en la misma jugada se quita del medio a Podemos y Ciudadanos, podrá ocupar todo su espectro ideológico -es un decir- e ir a elecciones en noviembre con toda España vacunada, el PIB en ascenso y regalando a manos llenas euros antifascistas con la cara de Merkel.

Se equivoca: si ese gobierno se forma y la gente constata que no pasa nada, el miedo se diluirá, como pasó con Podemos, hasta el punto de que hoy hasta él puede dormir. Cuando además las cifras económicas de Madrid sean las mejores de España, la estrategia de Redondo se caerá. Ya no habrá miedo y sin miedo no hay sanchismo. Por eso al que más le conviene que Vox entre en el gobierno de Madrid es a Casado. No solo para evitar el miedo a su socio, mal que nos pese, sino para ensayar en piel ajena el pacto del que depende para llegar a Moncloa. Sobre todo, obligará a Vox a pasar de las musas al teatro y traicionar a sus votantes participando en el gobierno de una autonomía que pretende eliminar. Como siempre, es el empleo, la estabilidad, el estímulo empresarial lo que llevará al PP al éxito. La superioridad moral de la gestión frente a las Cruzadas. Y es que un pueblo próspero no necesita guerras culturales. Las da todas por ganadas. Y sigue adelante.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 19 de abril de 2021. Disponible haciendo clic aquí).