Lo que me obsesiona es el frío del atlántico, ese último frío, quizá también el frío primero. Lo que me impide dormir es la oscuridad inmensa del océano por la noche, esa oscuridad líquida, como de útero sin cordón al que agarrarse, sin calor que lo una a otro cuerpo, sin alma de repuesto y sin latido. Lo que ocupa por completo mi cabeza en esta noche de junio es la soledad de sus cuerpos mínimos, el tremendo desamparo que duerme en el fondo del mar, los puntos finales de esta tragedia sordomuda.

Me he enterado hace unas horas, como todos. Y, como todos, no reacciono. Miro a Lucía dormida y doy gracias a Dios, no sé muy bien por qué, por tenerla, por su respiración, por sus ropas secas y calientes. Me ha vuelto a engañar y se ha quedado dormida en mi cama, dice que es la última vez. Me da igual, podría quedarse para siempre y no pasaría nada. Me temo que todos los padres vemos en el fondo del mar hoy a nuestras hijas, porque todas las niñas son la misma niña y todos los ojos son los mismos ojos. 

Y entonces sufrimos en cuerpo propio el dolor ajeno, si es que nos pudiera resultar ajeno algo de lo que le suceda en el mundo a un niño que llora. Cuando un niño llora, es el mundo entero el que llora. O debería, si tiene lo que hay que tener. Y cuando un niño muere, morimos todos un poco, ya se sabe: las campanas doblan por ti. Mi padre me enseñó que el amor es lo único que cuanto más das, más tienes y me temo que el dolor es su hermano pequeño, tampoco parece tener límite, se expande cuando lo expulsas, se ensancha cuando lo niegas. Solo que a veces no se puede expulsar, no se va este temblor de manos, no se afloja el puño que aprieta la nuez y la garganta y esta noche hay dolores como dianas, dolores que te hacen señas a lo lejos y que parecen burlarse. 

Pobres niñas. Pobre madre. Pobres de sus abuelos, pobres de sus tíos y pobres de nosotros, que no sabemos ni qué decir ni cómo y me temo que este nudo en el estómago no desaparecerá hasta el miércoles, lo que no sé es qué miércoles, de qué semana, de qué año. Solo puedo rezar, no sé exactamente qué, pero rezo esta noche, aunque sea torpemente, para pedir a Dios que hoy estén jugando con él, que estén sentadas ya en el regazo del Padre. Solo puedo pensar en ellas sonriendo, a pesar de todo. Solo puedo verlas, por fin, secas y calientes. Será que la fe nos salva del horror. Será que la esperanza nos lleva a la belleza e ilumina el fondo del mar y de su alma. No lo sé, pero hoy solo pido que se santigüen por ellas los marineros, que bajen la bandera los piratas y que reine el silencio en las cubiertas. Que hayan hecho guardia ayer los peces, que se cuadren por ellas las mareas, que las rindan homenaje las gaviotas. Y que Dios nos perdone al resto.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC la noche del 10 de junio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).