La primera vez que Don Quijote y Sancho vieron el mar fue en Barcelona en una noche de San Juan. Ya al alba, pudieron contemplarlo en todo su esplendor y «les pareció espaciosísimo y grande, harto más que las lagunas de Ruidera que habían visto en La Mancha». Vieron las galeras en la playa de La Barceloneta como un niño mira su primer carrusel. Y descubrieron entonces la vida que se escondía en sus cubiertas. Cervantes lo describe minuciosamente, hasta el punto que podemos oler la sal, la pólvora y el sudor medieval y portuario de la primera mañana de un verano en el siglo de Oro. 

Es evidente que Cervantes sabía de lo que hablaba: los recuerdos de Lepanto, ya saben, «la más alta ocasión que vieron los siglos». Y estira el muletazo situando a nuestros protagonistas en una de esas galeras mientras los hace contemplar una escaramuza por el mar de Barcelona. Cervantes no escatima en piropos a la ciudad en boca de Don Quijote: «archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades y en sitio y en belleza única». 

La Barcelona que conoció Cervantes era una ciudad medieval con una muralla, en uno de cuyos portales sitúa la acción. Es probable que la casa donde se hospedan, la de Antonio Moreno, tuviera como inspiración alguno de los palacios del Barrio Gótico y que, en otra calle del mismo barrio –la del Call– se encontrara el taller de imprimir que tradicionalmente ha sido considerada la que visita don Quijote y en la que estaban imprimiendo la versión apócrifa de la novela. Vamos, que Cervantes conocía la ciudad. Y la ensalza.

Pero no hay esperanza para nuestro buen Quijote, que acaba admitiendo que sus elogios a Barcelona, lo son aunque «los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre». Porque, como siempre, los que allí parecían amigos, no lo fueron. Y responden a los elogios con desprecio. Y se burlan de él, tirándolo de Rocinante, convirtiéndolo en un hazmerreir y en un juego de los bobos para disfrute de los crueles. Y lo sacan después al balcón para mostrarlo y que se rían de él, y lo pasean por las calles sobre un burro, vestido con un balandrán en pleno junio y un pergamino en el que se leía «este es Don Quijote de la Mancha», lo que nos lleva inexorablemente a Jesús ante la muchedumbre y a ese Ecce Homo vestido con la túnica púrpura y con su INRI a cuestas. Y le hicieron bailar para reírse de él hasta que tuvo que sentarse en el suelo, molido y roto el cuerpo y más aún el alma. Y es vencido por el Caballero de la Blanca Luna, Sansón Carrasco, el manchego bachiller por Salamanca.

Cuento esto hoy porque el ayuntamiento de Barcelona ha rechazado, con los votos del PSC, homenajear a Cervantes a través de una estatua de Don Quijote y Sancho Panza en esa playa donde vieron el mar por vez primera. Y uno no puede evitar pensar, maestro, que tiene sentido que te venzan de nuevo en la ciudad donde fuiste vencido, que te humillen donde fuiste humillado, que los mismos vuelvan a responder a tu generosidad con desprecio y que seas ignorado de nuevo en la ciudad donde más grita la sinrazón. 

Fuiste vencido en Barcelona, pero por un manchego. Hoy lo eres por un charnego. Vuelve mejor a casa, maestro de la triste figura, que aquí te cuidaremos. Si te vencen los más necios es que ya los hemos ganado. Y si así acabara todo, de su desprecio surgirá un grito: ¡Viva Don Quijote derrotado!

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 18 de noviembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)