En estos días previos a Todos los Santos vemos cada año a la población dividirse en dos: a un lado del ring la gente joven que celebra con toda naturalidad Halloween como si fuera una segunda vuelta del carnaval, pero con temática de terror y, al otro, gente mayor que se ofende porque, en realidad, piensa que lo que se está celebrando es algo extranjero que nada tiene que ver con nuestra cultura. Y creo que, quizá, todos deberíamos pensar un poco y conocer bien nuestras tradiciones y orígenes antes de enfadarnos. La realidad es que meter farolillos dentro de calabazas y otros vegetales y decorarlos con caras durante la noche de difuntos, comunicarse con las almas o espíritus de familiares muertos –las ánimas benditas– e incluso pedir dulces a los vecinos es algo más castellano que el lechazo asado. Es cierto que en la ciudad de Valladolid se ha visto poco porque es una tradición sobre todo rural, heredada de los pueblos celtas, y que ha estado presente y sigue estándolo en varios puntos de Castilla. 

No en vano, debemos recordar que la mayor parte de la actual comunidad de Castilla y León es tierra celta. Es más, no es que simplemente seamos tierra originariamente celta sino que, casi con toda seguridad y según la Universidad de Oxford, somos el origen geográfico y genético de los celtas de Gran Bretaña, Francia e Irlanda, que descenderían de una tribu de pescadores de estas zonas que cruzaron el golfo de Vizcaya hace unos seis mil años. Precisamente fue uno de esos pueblos celtas herederos del nuestro, Irlanda, quien llevaría la tradición de Halloween a Estados Unidos en el siglo XIX y ahora –vía cine– vuelve a casa. Así que es nuestra tradición la que llega, aunque sea con ropajes nuevos y formas diferentes. Celebrémosla sin complejos y sin enfadarnos tanto. Al fin y al cabo, también son los nuestros. 

Sin ir más lejos, el origen de la noche de los difuntos se encuentra en la festividad celta de ‘Samhain’, cuando, según cuenta la leyenda, los muertos salen de sus tumbas y vuelven a las casas en las que vivían para exigir a los vivos –de formas cuestionables y generalmente poco amables– que recen por ellos y por sus almas. Esto, en algunos puntos derivó en la ‘Estantigua’, una leyenda de la zona de Castilla que hoy estaría formada por Palencia, Burgos, Valladolid, Segovia y Soria, y que habla de la existencia de una procesión de muertos vivientes durante esa noche, algo así como la Santa Compaña de Galicia, pero en castellano. Durante esa fiesta de ‘Samhain’, en la plaza del pueblo se montaba una hoguera como única luz visible para todos. Y al amor de esa lumbre, se cantaban canciones y se contaban leyendas, habitualmente terroríficas, claro. Y para protegerse de esos muertos vivientes, la gente decoraba las casas con calabazas a las que ponía una vela dentro. El objetivo era asustar a los espíritus errantes. Este parece ser el origen. Y es tan nuestro como el leísmo.

Posteriormente, y como suele pasar, la Iglesia superpone su calendario al de las tradiciones paganas para apropiarse de costumbres ya arraigadas y darlas una nueva dimensión sagrada. Así, los Fieles Difuntos, que se celebra el día 2, es una conmemoración establecida, por el Abad de Cluny, San Odilon, que dirigió la Abadía a finales de siglo X. Lo hizo, en primer lugar, para recordar a los miembros fallecidos de la propia Abadía y, posteriormente, a los de toda la orden benedictina. La tradición terminó por extender la tradición de honrar a los difuntos a todo el mundo cristiano. Y en este punto aprovecho para recordar la diferencia entre el día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos, que no tienen nada que ver y que actualmente se confunden para enfado de muchos, especialmente de mi padre, que insiste siempre en que Todos los Santos es el día 1 y es un día grande para la Iglesia, un día de alegría y celebración en el cual no hay por qué ir a un cementerio. De hecho, en Francia es una de las tres fiestas mayores del año. Se comen buñuelos y huesos de santo y, en nuestra ciudad, se representa el Tenorio. Pero esa noche la alegría torna en melancolía y llega la noche previa al día de los difuntos, que sí es el día de ir al cementerio. Al menos en mi casa y en la de mis abuelas, siempre vi esa noche recipientes con agua y aceite en las ventanas sobre los que flotaban lamparillas encendidas para iluminar el camino de las benditas ánimas del Purgatorio y recordar a los difuntos de la familia, darles luz y alumbrar su memoria. Desde que tengo un gato esta tradición es inviable si no quiero ver un felino corriendo en llamas por San Andrés aunque, la verdad, como performance lo íbamos a petar. Pero no lo termino de ver porque, posiblemente, detrás del gato arderían las cortinas y luego la casa, conmigo en el papel de impresionante hombre-llama. No descarto que los vecinos nos dieran el premio al mejor disfraz del barrio, pero, de momento no está entre mis planes.

Mi abuela Candelas decía que «Santos llovidos, ramos mojados», que viene a decir que la misma temperatura que hace el día de Todos los Santos hace el Domingo de Ramos. Y la cosa es que, desde pequeños, tomábamos nota mental de este dato para cinco meses después contrastarlo con ella. Y la verdad es que funcionaba y sigue funcionando, ya lo verán. La realidad es que todo cambia por Los Santos y Castilla comienza a despedir el verano –eso significa literalmente ‘Samhain’: fin del verano– y se prepara para el invierno, que, en esta tierra, no es ningún chiste. Salen los chaquetones y las bufandas. Salen las mantas y los abrigos largos. Vienen los vientos y las lluvias y, poco después, llegarán las nieblas. Las calefacciones comienzan a mirarnos de reojo, como diciendo que no nos hagamos los despistados, que Putin puede hacer lo que quiera, pero que va llegando el momento y lo sabemos. Y, así, entraremos en el invierno y en la introspección secular de nuestra tierra. Pero no tan deprisa: los chavales sacarán sus disfraces estos días y se divertirán a pesar de todo. Y quizá nuestro papel no sea oponernos a todo y cerrarnos en banda sino explicarles que mucho antes de que Estados Unidos e Irlanda existieran, sus ancestros celebraban lo mismo y de modo muy parecido en las inmensas tierras de Castilla.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 30 de octubre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).