Recuerdo aquellos días y, sobre todo, aquellas noches. Una panda de salvajes tiraba adoquines a la Policía Nacional y quemaba Barcelona, dejando en el ambiente ese tufillo a eructo de fuet que deja el nacionalismo catalán. Las calles ardían. La tele nos enseñaba las barricadas en Vía Layetana y los contenedores derritiéndose en llamas. Los policías se protegían como podían de la lluvia de piedras y el Canal 24 horas explicaba que lo que buscaban aquellos cafres era incendiar una grillera con una patrulla de ‘mossos’ dentro para quemarlos vivos, con los cascos unidos a la cabeza, los chalecos antibalas fundiéndose con la propia carne y la piel con el uniforme.

Mi hija miraba absorta la televisión y me tocó explicarle que hay un camino que recorrer entre la fantasía y la realidad, entre Harry Potter y Puigdemont, entre las princesas de los cuentos y Forcadell. Lo de los agentes en el suelo, sin conocimiento, tras haberles tirado una valla a la cabeza, fue solo la segunda parte. En la primera, tuvimos que ver cómo los policías y guardias civiles de toda España que fueron enviados por los jueces para garantizar que se cumpliera la democracia y la ley –es decir, la igualdad y la libertad– eran expulsados de los hoteles, no les daban de comer, eran escupidos por las calles y perseguidos en emboscadas.

Yo le explicaba que nadie puede ponerse por encima de la ley, porque eso es ponerse por encima del pueblo del que emana, es decir, ser un fascista. Y que nosotros no somos fascistas sino demócratas. Le explicaba que hay una separación de poderes, que la Policía llevaría a esos cafres a los tribunales y que, en un juicio justo y con todas las garantías, los jueces determinarían los delitos que habían cometido y la pena que llevan consigo, pena que todos y cada uno de ellos conocían antes de actuar. Y ahora tengo que explicarle que todo eso era falso. Que lo de acatar lo que dicen los jueces es mentira. Que para el PSOE los adoquines están legitimados como vía política, que esos tipos eran progresistas y que aquello no fue delito. Porque aceptar una amnistía es aceptar que tenían razón. Para nuestro presidente de Gobierno, la garantía de concordia, de consenso, de reencuentro y de diálogo son los que tiraban los adoquines, y nosotros, el problema. Y los policías que nos defendían, parte de la represión del Estado.

A ver cómo se atreve el PSOE ahora a pedirnos al resto que no cojamos el pasamontañas y vayamos a la Delegación del Gobierno con adoquines y cócteles molotov, si eso es lo que están legitimando como vía política. Ellos, no yo, no la gente normal, no la gente civilizada. Lo legitiman ellos, su partido. Y que el PSOE humille a sus siglas a mí me da igual. Pero que nos humille a los que educamos en democracia y libertad, no. Los niños que vieron aquello han de entender que los buenos son los que no damos golpes de Estado, los que no sabemos hacer un cóctel molotov y, sobre todo, los que, al contrario que los diputados del PSOE, sabemos aguantar la mirada.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 9 de septiembre de 2023. Disponible haciendo clic aquí).