
Durante una época de mi vida tuve problemas de ansiedad, una palabra cada vez más común, pero que entonces no lo era tanto. En mi caso llegó con 22 años y se manifestó como un trastorno generalizado. Hoy lo recuerdo como una anécdota, como quien tuvo un juanete o sarampión. Pero nada de eso. Aquello me tuvo varios años sufriendo mucho y con un miedo atroz a sufrir ataques de pánico en las situaciones más inverosímiles, especialmente en lugares cerrados o desplazamientos en transporte público. Para la gente que no lo haya sufrido, debo aclarar que esto no tiene nada que ver con ser muy nervioso, con agobiarse con facilidad o con ser un inmaduro incapaz de hacer frente con normalidad a la vida. Tampoco se cura gritando y exigiendo a esa persona que se tranquilice -qué más quisiera-, haciéndole sentir culpable o repitiendo que todo eso son gilipolleces de niñatos y que antes no había ansiedad ni cosas raras y que lo que único que pasa es que la gente de ahora es muy débil. Nada de eso. Un ataque de pánico es otra liga, algo que no deseo a nadie.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 10 de octubre de 2023. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí).