
Se nos había ido de las manos el tema de las bodas, pero tengo la sensación de que el tiempo ha venido a acabar con la espiral de ñonería extrema, de contenidos sorpresa y de actos hiperglucémicos en los enlaces de nuestra querida España. De alguna boda me he tenido que salir con un coma diabético, pero es que yo he visto cosas que ustedes no creerían; he visto poemarios, votos que ni los de Isabel y Fernando, veladas líricas, nombres de comedias románticas para diferenciar las mesas, gincanas para pedir una caña. Me he disfrazado de Jimmy Hendrix, de William Wallace –con falda y todo– y hasta de templario. He asistido a homenajes cinematográficos para las abuelas que ni Lars Von Trier, he visto contratar a fotógrafos de Pulitzer, traer hielo de un fiordo noruego, sal del Himalaya, helicópteros desde el que bajaban bailarines rusos… Fuegos artificiales, calesas, coches de época, majorettes, gigantes y cabezudos, elefantes africanos, orfeones, niños cantores de Viena, ‘dantzaris’ de Rentería, gaiteros irlandeses, salves rocieras y photocalls por los que suspirarían en Cannes. El melón con jamón dio paso al sushi y el cóctel de marisco a la cucharita de sueño de pulpo. Y eso por no entrar en la selección musical, complicada como un western, que, si se la piden a Hans Zimmer, descarta el proyecto por no verse capaz.
(Este es el primer párrafo de un texto que se publicó originalmente en ABC el 10 de noviembre de 2024. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).