
Hace una semana a esta misma hora estaba en una terraza en Prati, ese barrio modernista a los pies del Castello d’Sant Angelo, junto al Tíber, mientras tomaba uno de esos vinos sin pretensiones y algo de embutido y de queso italiano, que son como los españoles, pero con mejor marketing. Eso es lo mejor de Italia: su falta de pretensión, la ligereza y la humanidad que surge de quien comprende que la grandeza y la miseria suelen llegar juntas a la fiesta. Contemplaba entonces los muros de la patria mía. Porque, evidentemente, España somos un ‘spin-off’ de Roma y Castilla su hija predilecta, su obra sublimada, el pueblo que tuvo que terminar la misión civilizatoria que un día ellos comenzaronnavegando hacia el oeste. Lo hicimos como quien de su abuelo no solo hereda el apellido sino también el negocio y le toca continuar con el legado, con la misión adosada al destino como una lapa. Ellos nos dieron la fe, el idioma y el derecho; el arte, la cultura y el vino. Nosotros lo mejoramos –lo contaminamos de aire íbero, germánico e islámico– y lo llevamos en tres carabelas con una cruz en lo alto, como un Gólgota semoviente.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 4 de mayo de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).