
Yo estaba en el medio de la plaza de El Salvador, escuchando con atención el inquietante sonido de la nada. Por un momento pensé que aquello era absurdo, que si vas a un funeral es para escuchar al sacerdote y que, más allá de la buena intención, no tiene demasiado sentido formar parte de una celebración religiosa de la que no eres capaz de escuchar una sola palabra. Pero la realidad es que todos los presentes en esa plaza estaban igual que yo y allí nadie se quejaba, así que simplemente me callé, bajé la cabeza, asumí que el rito trasciende las palabras y estuve en silencio tres cuartos de hora, imaginando el funeral que no era capaz de ver. Si la plaza estaba llena era, por supuesto, porque la iglesia se encontraba más llena todavía. Y si la iglesia estaba repleta era porque el cadáver que descansaba a los pies del altar era de la persona que tantas veces estuvo del otro lado, dando consuelo a las familias que habían perdido a un familiar. Es decir, Pepe Heras.
Yo estaba allí porque lo apreciaba, aún sin conocerle. Nos habíamos cruzado muchas veces por la calle, pero nunca habíamos entablado conversación, la verdad es que nadie nos había presentado y ya saben, por no molestar, por timidez y, qué sé yo, cosas de primero de pucelanismo sobre las que no voy a abundar delante de ustedes, por innecesario. Las únicas palabras que intercambiamos en vida fueron las que ya se pueden suponer:
—«El cuerpo de Cristo»
—«Amén»
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 6 de junio de 2025. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).