De tanto convivir con la vulgaridad corremos el riesgo de no detectarla y comenzar a integrarla, como los grafitis del garaje. Peor aún, corremos el riesgo de confundirla con lo estándar y sorprendernos a nosotros mismos estirando el meñique como ritual de adaptación o soltando eructos para agradar a las neuronas espejo de las visitas. Lo vemos en el Congreso, en las redes y en la prensa: se impone la cultura del ‘zasca’, de la humillación pública y del ego más atroz, como si en vez de personas que aspiran a la grandeza nos hubiéramos transformado en raperos con collares de oro, una Glock en el cinturón y la sonrisa cínica del boxeador en la báscula. Y, sin embargo, a veces, la vida nos pone delante de Djokovic y Alcaraz recogiendo los trofeos en una tarde de domingo en Melbourne.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 2 febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).