Xavi Road, Fito Robles y Jaco Betanzos, Siloé.

No hay nada que me produzca tanta satisfacción como el éxito de quien lo merece. Esta gente no viene de un experimento ni son producto de laboratorio. Siloé viene de los locales de ensayo, de las salas pequeñas, del olor a aislante de las paredes; de los cables pelados, los conciertos a pérdidas, los fines de semana en una furgoneta alquilada jugándose la vida para llegar a tiempo a trabajar el lunes y cambiar el mono de estrella por el de currito. El éxito de Siloé –y esto no ha hecho más que empezar– es también el éxito de las bandas de Valladolid que lo intentaron y no lo consiguieron. Y, por extensión, de todos los que hemos mirado el suelo esperando a que germinara algo. Su triunfo es el triunfo de sus influencias y de los fracasos ejemplares de aquellos que, cuando ven nacer a una nueva banda, se unen en escalofrío íntimo y silente. La mayoría se quedan entre los márgenes y el olvido. Solo algunas suben los escalones de cuatro en cuatro para llegar arriba del todo, donde ya no queda nada más tras lo que ocultarse. Y desde ahí mirar a un punto en el que solo está tu reflejo en blanco, negro y rojo para jugarse la vida por un concepto. Ayer se fueron un mes a América. Espero que lo hagan sabiendo que son un orgullo para su tierra. Y, en realidad, no se me ocurre más alto honor.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 6 febrero de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).