El vals que nunca bailamos

  
El compás de un vals es de tres por cuatro, que bien podría ocultar un dos por uno, lo que hubiera sido aún más acojonante por profético. En ese compás, el primer tiempo es el tiempo fuerte y los otros dos son débiles, todo un adelanto de lo que te espera después. Tienes que detectar la poesía que late oculta tras los ritos advirtiéndote que los primeros tiempos son siempre los mejores y que preceden a la debilidad. En el vals como en la vida.

Tres tiempos, tres pasos: El primero con el pie en el suelo, el segundo con la punta y el tercero sin desplazamiento. Más poesía: empiezas con los pies en el suelo, poco a poco pasarás a hacer las cosas de puntillas, como pidiendo disculpas, para finalizar en la parálisis de lo estático. Evidentemente, no hay un cuarto tiempo, como es lógico después de haberte pasado dos tiempos débiles seguidos y el otro en un pétreo estado de inmovilidad. Conceptualmente, el vals está clavado.

Tan clavado como deberás bailarlo, con pose erguida y elegante. Completamente recto, sin mover hombros, brazos ni caderas. Tu mano derecha en su espalda. Tu mano izquierda sujetando su mano derecha. Ella apoyará su brazo sobre el tuyo, te lo digo para que guardes bien esa imagen porque será la última vez que sientas que flotáis y os deslizáis por la pista -que es la vida- siendo su único apoyo. Nunca tan juntos como mirando lo contrario.

Baila ese vals. Báilalo como nunca antes se ha bailado, porque un vals no es un vals, son muchas más cosas. Un vals es un aria, media verónica, un paso de palio, un soneto. Forma y fondo. Una promesa, una esperanza, un plano cenital centrado en cómo vuestras cabezas giran cubriendo los 360 grados de visión de la vida en cada vuelta que dais juntos. Un vals es Cohen, ergo Lorca. Un vals es lo único de sueño que queda de ese cuento que vivió y que ahora, maravillas cuánticas, cambia el pasado para dotarlo de sentido.

Veni, vidi, vici. Solo existe eso en tu vida –que es la pista-. Ocultar tu cobardía bajo el abrigo del orgullo y de la dignidad no te convierte en medio valiente sino en un cobarde al cuadrado. Vas a bailar y vas a vencer al tiempo, porque todo lo que no sea eso será un fracaso estrepitoso. Irás a clases a Viena si fuera necesario, y yo iré contigo, porque ese vals es lo más importante de tu vida. Te darás cuenta de ello sobre todo si no lo bailas. Hay momentos que no sólo no vuelven sino que cierran la puerta a otros, y este vals es el paso central de la puerta de Brandenburgo.

No se marca el cuarto paso, pero si lo vas a bailar, puedes asumir que el cuarto paso será el resto de tu vida –que es la pista-, haciendo que vuestro baile sea eterno. Si no lo bailas, el paso será el de desprecio. Eres libre, puedes hacer lo que quieras, pero no quiero que sepas lo que es vivir debiendo un vals. No quiero que tengas que aguantar su mirada en días como este, porque lo que único que te va a salir del corazón es recuperar aquel vestido, cogerla de la mano y volar bajo la lluvia hasta la azotea más alta de Manhattan para -primer tiempo fuerte y débiles los dos siguientes-, mirarla a los ojos, coger su mano izquierda con tu mano derecha, completamente recto, sin mover hombros, brazos ni caderas y decirle: “Es lo único que te debo. Este es el vals que nunca bailamos”.

Apenas eso.

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