Los peores de la raza

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A lo Bukowski: la cosa más sensata que una persona puede hacer es estar sentada con una copa en la mano. Eran, por ello, los primeros de su especie. Eran autores sin obra, como parecen siempre los autores de obra inabarcable. Su vida era su única obra porque sabían que los mejores versos son los que nacen perfectos en el momento adecuado, los que no se escriben, los que se consumen mientras se producen. Así, lograban evaporarlos para no convertirlos en unos versos del montón y matarlos en el olvido, que es otra obra del recuerdo. Se vulgarizan si se pretende paralizarlos convirtiéndolos en fotografía. Estaban tan sobrados de talento que no tenían miedo a que se agotara; sabían que, si quisieran, en cualquier momento podrían replicar y mejorar lo que acababan de parir, sobre todo si lo que parían no era práctico ni respondía a un objetivo concreto. El arte es más puro cuanto más inútil. La vida, también.

Ellos eran sobre todo artistas y como tal se reconocían cuando se quitaban el disfraz medium-class con el que pasaban desapercibidos a tu lado en cualquier momento, cuando hablaban sin abrir los labios o cuando se miraban sin cerrar los ojos. El lenguaje de la no palabra, el homenaje silente que se produce cuando el entendimiento surge antes que la obra, cuando suenan palmas por lo que aún no ha sido dicho.

Ellos, los poetas, los canallas, los que viven en la encrucijada entre el camino de vuelta de una vida y el punto de partida de otra, los que no saben quienes son porque ya no saben quienes quieren llegar a ser. Pese a lo que muchos piensan, saben que no hay espacio ni tiempo entre la tensión de querer conocerse y el espanto de lograrlo. Por eso, los puedes ver haciendo la luna, pintando música grande, llena siempre de melancolía y romanticismo, creando ideas bellas, siempre con un poso de dolor, poniendo palabras en el espacio entreabierto del labio ajeno. Siempre rotos, hondos, mágicos. Siempre reconocibles y siempre personales.

Ellos, los que intercalan éxitos rotundos con sonoros fracasos -ambos siempre excesivos-, más gigantes cuanto más negra sea la noche, más geniales cuanto más profunda sea la incomprensión. Ellos brillan con esa luz propia en la que quedaron libremente atrapados, fingiendo su propio secuestro. El futuro será lo que quede cuando miremos atrás y ya no quede nada.

Ellos, los que sienten terror al pensar que cada vez que se celebran puede ser la última vez, logran resetear la experiencia y el recuerdo para acudir vírgenes al encuentro de una noche después de la cual ya no habrá nada. Finisterre canalla. Y después da igual; eso que hay por las arterias tiene la mitad del tamaño de nuestros recuerdos.

Ellos se necesitan porque no encuentran nada igual. Los últimos tiempos han sido un quebranto de instantes que llenan de sed de ese agua llena de humildad, que te ponen de pie en el escenario del quebranto, entre el amor de quien sólo te entiende a ti y el desprecio de quien entiende todo menos lo tuyo. ¡Los únicos romances eternos son los que se acaban! Y ellos viven despidiéndose desde el primer día. Que reviente el planeta, que no borrarán jamás lo que hicimos juntos. Nosotros, los peores de la raza.

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