Lo que pudo haber sido

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Todos tenemos sosias, gemelos potenciales separados por el espacio, por el tiempo o simplemente por las circunstancias. Esto llega a tal punto que, en ocasiones, creo ser mi propio sosias, y es que hay días que me recuerdo mucho a mi mismo. Como dice Dickens en boca de Sydney Carton en Historia de dos ciudades, “me merece simpatía el hombre que me demuestra lo que yo podría haber sido y no soy”. Me sucede cuando veo a un pobre hombre aguantando a su mujer histérica, a esa mujer con cara de amargada, que grita mucho y trabaja poco. Esa mujer que lo jode todo y que te tiene pillado por los huevos. Los hombres que viven con ese tipo de mujer tienen la cara lánguida y rezuman el estoicismo del que ya lo ha perdido todo; tienen la fe del que no tiene ya esperanza y el modo de caminar del que ya no puede sino seguir adelante y soñar con el día en el que terminen las vacaciones y pueda por fin volver al trabajo, a ser humillado pero menos. Malditas sean.

Me sucede también cuando me encuentro con un hombre en la playa que tiene cuatro hijas; ese es otro reflejo de lo que hubiera querido ser. Son hombres felices, seguros, tiernos y sonrientes, esos hombres entregados a una familia femenina que a su vez le adora. Hombres que -cinco féminas mediante- se han visto obligados a convertir su cuarto de baño en un refugio antimisiles y su paciencia en un búnker en el que escuchar de modo perenne el aria final de Turandot para poder olvidar a la estrella adolescente de turno (y han visto pasar a decenas…) Esos hombres también me muestran lo que podría haber sido y no soy. Son santos, son una oda a la vida en familia, son el sueño de los setenta -quién los pillara- y tengan el dinero que tengan nunca tienen nada. Cinco féminas, recuerden. Si por mi fuera, San José sería solo el santo suplente, estos hombres son los titulares del top 5 de los coros celestiales. Benditos sean.

El escritor de negro, con gabán y guantes, que pasea solitario por un Paris lluvioso en busca de Les Amateurs. El cura pre-conciliar que evangeliza entre sidrines en La Felguera. Corresponsal en el Vaticano para La Sexta, para tocar los cojones. Day-trader en Ginebra, cerca ya del tercer infarto. Pescador de bajura en las Rías Bajas, con un pequeño barco, como el de Chanquete pero sin Nerja y sin Julia. Camarero de un bar de carretera en un entorno de película de los Cohen, manager de una banda de hard rock, pongamos Black Crows, yo qué sé. No quiero rememorar otras vidas, como Sabina en “La del pirata cojo”, ni alternativas al fracaso, porque ya lo he hecho. Yo me veo en muchos hombres y, tras escudriñar las circunstancias de mis otros yoes, me entran unas enormes ganas de suspirar y disfrutar de lo perdido. He pensado incluso escribir una pequeña novela desarrollando hasta el final la vida que me queda, de modo que después no pueda sino cumplir la profecía autoimpuesta. En mi epitafio pondrá “Ya lo decía él…”.

Siguiendo con Sabina, una vez le leí que “dos hombres traicionados por la misma mujer tienen algo de parientes”. Creo que es cierto y -por lo tanto- cuando miro a los ojos a algunos de los hombres que me muestran lo que pude haber sido y no soy, solo puedo sonreír discreta pero misteriosamente porque no sólo ellos me muestran algo a mi. Si supieran mirar, verían que yo también les muestro algo a ellos: soy su futuro, soy el fantasma de las vacaciones que vienen y en ellas me hallo esperando el momento de darles un abrazo y la bienvenida a casa. Quizá les pueda llamar parientes. Dios sabe que es cuestión de tiempo.

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