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Lo peor no es el verano en sí mismo. Hay algo aún peor que lo puramente astronómico, que es el concepto de vacaciones, la abstracción del asueto legal, la bandera blanca al auto respeto que nos habilita para tocarnos las narices con las dos manos durante un mes, por el mero hecho de que hace calor. Yo no lo acabo de entender, me parece anti natural y un atraso. Un ser vivo se busca diariamente el sustento y la felicidad, es parte del juego. Estamos diseñados para resolver problemas, para pensar, y eso genera dopamina que es, en última instancia, lo que confundimos con felicidad. En efecto, la felicidad es una hormona y por eso debería tratarse justo de lo contrario, de intentar construir un día a día tan fantástico, una rutina tan agradable y un goteo de dopamina tan constante que, cuando vengan las vacaciones a joderlo todo, nos siente hasta mal. Que cuando agosto nos quiera atrapar con su vulgaridad de dominguero, es decir, esa que consiste en no hacer ni el huevo y buscar el mar compulsivamente, como una merluza con anisakis, tengas el síndrome prevacacional, una depresión a priori, como llevándote las manos a la cabeza por lo que se nos viene encima. Llorando por lo perdido como Boabdil en Granada.

 

Yo nunca he entendido qué hay de serio en cambiar ni de bonito en desconectar. Me parece más inteligente saber adaptarse a lo que viene -que es, en última instancia el único rasgo indudable de inteligencia- y hacer lo posible para que lo que venga sea mejor que lo que se va. El cambio como concepto general y las vacaciones como apoteosis de ese cambio sólo les gusta a aquellos que no están contentos con su vida normal, es decir, a gente que, si pudiera, haría siempre lo que hace en vacaciones, es decir, nada y que vestiría con bañador y camiseta de tirantes para pescar cangrejos en una playa, como los mendigos en Brasil.

 

Aunque no es la única manera de pasar las vacaciones. Yo miro a las mujeres que pasan por la calle y me imagino una vida totalmente diferente junto a cada una de ellas. La vida que vives y las vacaciones que sufres dependen, en gran parte, de la mujer que tienes, de haber estado en lugar equivocado en el momento equivocado y de aquellos polvos vienen estos lodos. O al revés, de haber estado donde tenías que estar ese día que no querías salir y… la dopamina, ya saben. Por eso, tenemos tantas vidas como posibles compañeras. Es un tema cuántico, por eso todos tenemos sosias, gemelos potenciales separados por el espacio, por el tiempo o simplemente por las circunstancias. Esto llega a tal punto que, en ocasiones, yo creo ser mi propio sosias, y es que hay días que me recuerdo mucho a mi mismo.

 

Como dice Dickens en boca de Sydney Carton en Historia de dos ciudades“me merece simpatía el hombre que me demuestra lo que yo podría haber sido y no soy”. Me sucede cuando veo a un pobre hombre aguantando a su mujer histérica, a esa mujer con cara de amargada, que se queja mucho y trabaja poco, que nunca está satisfecha y que quiere siempre lo contrario a lo que tú puedes dar. Los hombres que viven con ese tipo de mujer tienen la cara lánguida y rezuman el estoicismo del que ya lo ha perdido todo; tienen la fe del que no tiene ya esperanza y el modo de caminar del que ya no puede sino seguir adelante y soñar con el día en el que terminen las vacaciones y pueda por fin volver al trabajo, a ser humillado, pero menos.

 

Me sucede también cuando me encuentro con un hombre que tiene cuatro hijas; son hombres felices, seguros, tiernos y sonrientes, hombres entregados a una familia que, a su vez, le adora; hombres que se han visto obligados a convertir su cuarto de baño en un refugio antimisiles y su paciencia en un búnker en el que escuchar de modo perenne el aria final de Turandot para poder olvidar la cadencia hipnótica del reggeaton tiktokero. Esos hombres también me muestran lo que podría haber sido y no soy. Son santos, son una oda a la vida en familia, son el sueño de los setenta -quién los pillara- y tengan el dinero que tengan nunca tienen nada. Cinco féminas, recuerden. Si por mi fuera, San José sería solo el santo suplente, estos hombres son los titulares del dream team de los coros celestiales. Benditos sean.

 

Yo me veo en muchos hombres y, tras escudriñar las circunstancias de mis otros yoes, me entran unas enormes ganas de suspirar y disfrutar de lo perdido. Cuando miro a los ojos a algunos de los hombres que me muestran lo que pude haber sido y no soy, solo puedo sonreír discreta pero misteriosamente porque no sólo ellos me muestran algo a mi. Si supieran mirar, verían que yo también les muestro algo a ellos: soy su futuro, soy el fantasma del verano que viene y allí me hallo esperando el momento para darles un abrazo y la bienvenida a casaDios sabe que es cuestión de tiempo.