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Mi relación con los pueblos siempre ha sido más literaria que real, más onírica que práctica. Sucede lo mismo con las mujeres, a las que sigo imaginando como si fueran las protagonistas de ‘Mujercitas’ pese a que, en ocasiones, la vida te ponga delante una realidad híbrida entre Rosalía y María Patiño. Y claro, pasa lo que pasa. Que a la mierda las expectativas, el amor romántico y la ingenuidad como punto de partida. Del mismo modo, cuando uno piensa en los pueblos, piensa en sus referencias más cercanas, es decir, en Miguel Delibes, y antes de ir a un pueblo fantasea con encontrarse con Isidoro, de ‘Viejas historias de Castilla la Vieja’, con Lorenzo, de ‘Diario de un cazador’, con Azarías o Paco ‘El bajo’ de ‘Los Santos inocentes’ o con Daniel ‘El Mochuelo’, Roque ‘El Moñigo’ o Germán ‘el Tiñoso’, de ‘El Camino’. Y se imagina dando largos paseos por caminos cuyos límites va desdibujando el viento, entre los campos infinitos de esta tierra, junto a un perro amigo, mirando a las aves y observando cómo el ocre va ganando la partida al verde en esta terrible estepa castellana que -polvo, sudor y hierro- imaginaba Manuel Machado y que en realidad no es otra cosa que la vida recordándonos cuales son las reglas y gritándote al oído que al fulgor joven del verano le sucede siempre la dorada calma de la madurez.

Y claro, uno va a un pueblo en fiestas con estas cosas en la cabeza y en lugar de encontrarte con Isidoro ofreciéndote un vino humilde y lleno de dignidad en una bodega del camino, se encuentra al chaval de ‘El Pirri’ –porque, como dice mi amigo Fraguas, en todos los pueblos hay un Pirri–, tatuado hasta el cuello, con la moto más ruidosa de la comarca, escuchando reggeaton -en mis tiempos rock radical vasco- y pasadito de sustancias que no sirven para ver milanos sino, más bien, para convertirse en un buitre. Un chaval que fue novio de la moza con la que vas y que te mira con cara de decir «ya te veré luego por ahí». Y claro, no me hago, qué quieren que le haga.

Siempre he pensado que, para disfrutar las fiestas del pueblo, hay que ser del pueblo, conocer las complicidades, los juegos de lealtades, la intrahistoria local y una pequeña inmersión en genealogía. Quizá se pueda proponer un pequeño curso de dos días, pagado por la Diputación, para que los ‘forasteros’ tuviéramos un pequeño acercamiento previo a las fiestas. Porque claro, sin ese curso, cuando aparece por allí un panoli como yo con una moza local, se crea la tormenta perfecta, una oportunidad inigualable para avivar la pulsión identitaria de la muchachada dirigente, para el orgullo de los mozos indígenas, para la reafirmación simbólica del ‘statu quo’ de toda la comarca.

Te llevan a una peña, en la que al entrar te sientes como un concursante de ‘Robladillo’s Got Talent’, escudriñado, observado y evaluado. Sabes que se están riendo de ti, pero aún no sabes por qué, no aciertas a entender exactamente por dónde te están viniendo. Y te limitas a sonreír con esa risa nerviosa y esa cara de gilipollas del que se sabe carne de pilón. Te ponen un cubata a las doce del mediodía y ahí te las compongas como puedas para llegar vivo al baile. Luego uno empieza a pedirte cosas imposibles como ‘mira a ver si ahí en la espuerta bajo la espita hay una rodea’, y ya me ven a mi sacando el diccionario del móvil para buscar una cosa que no sé que es ni qué forma tiene. «No hombre, no, eso no es un cántaro. Es una cántara. Y lo otro no es un carral sino un barril. Y eso no es un botijo grande, es una tinaja pequeña» y uno duda si está quizá en otro estado, en otro continente o si con los libros de Delibes deberían regalar un manual ilustrado para comportarse en una peña de amantes del trap.

Suceden demasiadas cosas y a ninguna de ellas estás acostumbrado. Los tiempos son diferentes. Cambian las costumbres, las dinámicas, los roles. Lo primero –o lo último– al encierro, con esa tensión como de examen final de tu vida entera, esa amistad de talanquera, esos rumores del trapío del bicho al que imaginas como al minotauro de Teseo. Y a correr. Y luego, los mozos a ayudar, claro. No sabes exactamente en qué has de ayudar, pero allí te ves tú, con el cubata en la mano entre remolques y reses bravas. Luego se desayuna, luego se almuerza, luego a misa, la procesión, ronda de peñas, ronda de bares, luego paella popular en la plaza y posteriormente chorizada en donde ‘El Pirri’ –sí, ahí está el chaval saludándote con la mirada como diciendo «si ya te dije yo que te iba a pillar en algún momento»–. Luego a las peñas de nuevo, luego de nuevo de bares…

Y llega la orquesta, esa orquesta que canta ‘Chiquilla’ y una de los Burning que, como cada año, comienza a dedicar a las peñas ‘Los de siempre’ y ‘Los mejores’, que están enzarzadas entre ellas por un asunto de faldas de 1986. Y de la plaza a la peña y de la peña a la plaza. Y miren, aunque yo no me hago a todo esto y soy más de Delibes que de la orquesta ‘Copacabana’, he de decir que, estos días, lo hemos echado todos de menos. A pesar de todo, el mundo rural es nuestra raíz, nuestra reserva espiritual y es solo cuestión de adaptarse. Por eso este año ‘El Norte’ sin la información de las fiestas de los pueblos ha sido como el pan sin sal, una ausencia aparentemente nimia que crea una presencia gigantesca. Se echa de menos desayunarse con esa información de las reinas de las fiestas, las damas de honor, las peñas, las charangas, la entrevista a la alcaldesa y a un señor de Bilbao, cuyo hijo al final se hizo amigo tuyo, que vuelve hoy al pueblo de su infancia y recuerda cómo, en sus tiempos, la escuela estaba abierta y llena de niños y ahora mira como se ha quedado todo. Suele llamarse ‘Pirri’.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 17 de agosto de 2020. Disponible haciendo clic aquí)