Mi pediatra es mejor que el vuestro

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El primer día que llegué a esa sala de espera me sentí como Hannibal Lecter en el Museo de Cera. Varias madres me observaban con una mezcla de incredulidad y de estupor, como si Angela Merkel se topara con Raphael.

– Padre. P-A-D-R-E. Soy un padre, ser humano bípedo e implume. Varón. Soy inofensivo y vengo en son de paz. Jau.

Me había dicho una madre zen que para la primera visita al pediatra tenía que llevar un cuaderno con mis dudas y mis sentimientos acerca de ellas. Y eso hice. Me corté y llevé sólo los tres primeros tomos, aquellos que formaban el corpus que no pude resolver en los canales oficiales de atención primaria; me refiero el proceloso mundo de expertos internacionales, el de las máximas autoridades, es decir, suegras y cuñadas. Suegras y cuñadas forman el núcleo duro, la autoridad formal en primer término; después vienen los grupos de madres de internet y en último lugar mi colección de fascículos de Saber Vivir, que me lo recomendó Jordi Hurtado y si a él le ha ido bien, definitivamente funciona. El pediatra es sólo un último recurso, como todos sabemos, apenas una última bala para casos en los que el grupo de whatsapp de madres del cole no alcance un acuerdo por unanimidad. Ni House, oiga; donde esté una madre, que se quite Ramón y Cajal. La cosa es que fui orgulloso, como Mufasa con su cachorra, que por cierto estrenaba ropa, porque había leído yo en TELVA que al médico hay que ir guapa y yo jamás llevaría la contraria a TELVA. También llevaba algunas palabras apuntadas en la mano como por ejemplo “Enfalac”, “Lanugo” y “Meconio”, que son palabras que me cuestan y en una primera cita no puedes dudar, podrías parecer un novato inexperto y, eso, con un primer hijo JAMÁS.

Pero hay algo que seguro que no se me olvidará, una cosa que recuerdo por encima de todas las demás: la temperatura. Puedo prometer y prometo haber estado en saunas más frescas en pleno mes de agosto. En Écija. En esa sala de espera estaba apunto de surgir fauna y flora tropical, yo creí ver tucanes, serpientes, monitos subiendo por las enredaderas, hiedras bajo las cuales los niños tosían, los mocos colgaban, las madres hablaban, hablaban mucho y lo hacían a través de sus hijos, como un ventrílocuo con su muñeco.

– ¿Cómo te llamas, bonita?

– Dile: Paula

– ¿Y qué tiempo tienes?

– Di… seis mesecitos.

– ¿Y qué te pasa, que tienes calor y que mamá no te deja quitarte este plumas y este pasamontañas de aventura extrema, verdad? Di a Mamá: Mamá, déjame quitarme la escafandra de pesca radical en aguas del Báltico, que tengo un pelín de calor…Díselo a Mami, díselo.

Yo había elegido ese pediatra porque me lo había recomendado el consenso de mujeres sabias de mi entorno. Se sabían su currículum, recitaban de memoria sus méritos académicos, coleccionaban sus publicaciones y asistían a sus ponencias. Habían hecho un grupo de lectura los jueves para comentar su tesis y habían creado una separata a modo de apéndice sobre la influencia del virus pie-mano-boca en el desarrollo intelectual de las niñas Piscis. Este médico era definitivamente superior al resto, era prácticamente un animal mitológico con la sabiduría de Zeus y la ternura de Candy Candy. Un fenómeno a medio camino entre la ciencia y el humanismo, un Martín Santos al alcance de mi mano. Si hubiera una colecta para hacerle una estatua ecuestre, ellas saldrían a por fondos como salen las leonas a por las gacelas. Y recuerden siempre que una madre motivada y una madre que sale de fiesta son los seres más poderosos de la creación.

El pediatra nos mandó pasar. Miró a la niña. Silencio. Escudriñaba a la niña como un pointer a una liebre. Tras varios segundos de introspección, habló. Y lo hizo con entereza.

– Pues será un virus.

– Un virus, un virus, fijo que va a ser eso, Doctor, ya decía yo…

– Se pasa solo. No se preocupe.

– Está bien que me lo diga porque la iba a cambiar del colegio. Que mi hija vaya a un colegio con virus me parece una guarrada, doctor. Me parece una marranada indigna de nuestro prístino e incólume entorno. Cómo está el patio…

– Y si fuera necesario, Dalsy cada ocho horas, ya sabe, tiene que dividir el peso de la niña entre el número de avogadro y pasarlo de centímetros cúbicos a mililitros. Si tiene dudas puede llamar al número de atención telefónica, que tenemos allí a unos estudiantes de exactas a pleno rendimiento con complejas máquinas. Pero eso solo si la niña se pone mal. La fiebre no es mala, recuerde. La fiebre no es mala. Repítalo conmigo.

– La fiebre no es mala, doctor. Fever forever.

– Eso es. Escríbalo cien veces. Sí, ahí mismo, en la toquilla.

– Fiebre buena. Fiebre es bien. Fiebre amiga.

– No hombre, buena no es, pero tampoco es mala. Lo peligroso no es la fiebre en sí misma sino que la niña se muestre decaída, sin apetencia.

– Defina eso.

– Niña es eso que tiene en brazos, sangre de su sangre.

– No me joda, Zeus, digo Doctor. Apetencia. Defina apetencia.

– Apetencia, disposición, estado de ánimo, aspecto general.

– ¿Cómo se evalúa eso, doctor?

– Simplemente se sabe.

– Ya. Lo sabrá Vd., que yo ni la más remota idea de la sensación interna de mi hija. A ver si se cree que soy un chamán.

– Lo sabrá llegado el caso. Y que esté bien hidratada, que tome el pecho a demanda.

– De eso quería hablarle precisamente. De la demanda. De la demanda que me va poner servicios sociales cuando vea a esta niña, que parece Falete.

– Está fantástica, no haga ni caso.

– Está en el percentil 100 de peso, doctor. Tiene un rollo Paquirrín, hasta canta parecido, no le digo más.

– Los percentiles son solo guías aproximadas, unos supuestos estadísticos que aportan muy poquito y que solo sirve para poner nerviosos a los padres. Ni caso.

– Bien dicho, Zeus.

– ¿Y los granitos?

– Vd. presiona y si desaparece, pues no hay problema.

– Hombre, si desaparece la niña yo creo que es para preocuparse, doctor, que una cosa es una cosa pero esto ya me parece un poco…

– Si desaparece el grano, me refiero al grano, no a su hija.

– Pues sea claro, que soy novato. Por cierto, hace unos ruiditos al dormir que me..

– Nada.

– Y vomita a veces la…

– Nada.

– Cuando la bañamos vuelve los ojos y….

– Eso al exorcista, mire, vaya a este de mi parte, es un compañero de la carrera. Acabó en el exorcismo después de poner un foro de pediatría en internet…

– Ah, genial, pues ya aprovecho y le cuento lo de que la niña habla lenguas muertas.

– ¿Lenguas muertas?

– Arameo, sólo a veces.

– Nada, no se preocupe tampoco por eso. Es normal a estas edades.

– Pues nada, oiga. Así da gusto.

– Nos vemos en la revisión del mes que viene si no pasa nada antes. Pida cita ya. Y las vacunas, acuérdese de las vacunas.

– A ver, espere, que saco el libro de mis sentimientos. Debe estar en la “s”, detrás de sueño extremo… No. Está en la “v” de vacuna. Aquí está. Vacunas. ¿Estas se pagan o no?

– Se pagan.

– ¿Y llevan receta?

– No.

– ¿Se ponen aquí o en….?

– Aquí.

– Joder, que lío.

– Es Vd. de ASISA? SANITAS? DKV? HTRC? VIH?

– ASKJEOKSDANM

– ¿Cómo?

– Nada doctor, cosas mías. Hablo arameo a veces, de ahí debe venirle a la niña.

– ¿Me deja la tarjeta?

– Espere, que la tengo junto al certificado del padrón. A ver, qué es esto… el volante del registro, la partida del bautismo, un autógrafo de la matrona, un selfie de mi mujer con el anestesista, la foto de la ginecóloga con las tres enfermeras, mire mire, que gente más maja…., el cuento de Los Tres Cerditos, Teo se va de copas, dos chupetes, la gasa, los pañales, las toallitas, la crema, los..

– Vale, vale. Me doy por enterado.

– Por cierto…¿Deposiciones?

– De posiciones, bien. A veces hace la croqueta.

– Que no, buen hombre. Que si va al baño bien…

– Perfectamente. Con el MARCA, como Rajoy.

– Me refiero a la niña.

– Ah, sí, genial, algo prodigioso diría yo, una cosa histórica, una explosión de…

– Absténgase de detalles.

– Perfecto. Pues resumiendo doctor, que pecho a demanda, que mucha hidratación, la vitamina D, la fiebre solo si la vemos delirando, la vacuna que puede o no hacer reacción, lo de los granos, incorporarla en la cuna, el agua… y de lo del arameo lo dejamos, que parece familiar. Y la Mustela me la bebo yo con whisky.

– Exacto. Cada ocho horas.

– Si lo llego a saber vengo antes, doctor.

– Vd. sí que sabe, amigo.

Y así pasamos la vida mi pediatra y yo. Ese hombre es mi ídolo. Un mero aprendiz al lado de las madres de internet, que son las que realmente saben, pero mi ídolo al fin y al cabo. Estoy por recomendarle a mis amigas. ¿Qué digo? Mucho mejor. Este tipo merece salir en TELVA.

(Publicado originalmente en MAMICENTER)

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