No es por la religión

Shintō_prayer

Siempre que hay un atentado suelo pasar de una opinión a la contraria en cuestión de minutos, dependiendo de con quién estoy hablando, a quién estoy escuchando o la opinión de quién estoy leyendo. Esto sucede porque todas las visiones son sesgadas, breves, ligeras, parciales y me siento en contra de todas ellas, sobre todo de la mía. El buenismo progre es estúpido. La cólera islamofóbica, más. La equidistancia es algo despreciable. La tibieza me repugna. La gente encendida que grita en los bares, ni te cuento. Todos pueden tener parte de razón, pero la explicación real, me temo, es mucho más vulgar que todo lo que oigo.

La realidad es que, aunque sea un hecho que profesan una religión, esto no es por la religión. Es una cuestión de nivel intelectual, de falta de preparación, de ausencia de formación, de lecturas, de maestros. Es una cuestión de bestias frente a personas, de bárbaros frente a Roma, de civilización frente a salvajismo, de refinamiento contra vómitos.

No es por la religión. De hecho, Alá es Dios y Dios es Alá. God. Deu. Qué lo mismo dará la vía por la que te encuentres con la Verdad y el nombre que le quieras poner.

No, la religión no es el detonante. Los hombres crueles son siempre hombres agresivos, hombres infelices, hombres que no entienden nada. Los malos son tontos y los tontos, malos. Rara vez estas dos taras del alma se encuentran por separado. Miren, si no, a Pablo Iglesias. Su indigencia moral solo puede ser explicada desde su indigencia intelectual. Cuando nos encontramos con uno de estos, debería estar prohibido que pudieran leer solo un libro, ya sea éste el Corán o el Capital. De hecho, solo hay algo más peligroso que un hombre que no ha leído ningún libro: un hombre que solo ha leído uno. Ese libro suele ser un arma, ya que une a la idiocia propia del individuo, el fanatismo que trae consigo la ignorancia. Para leer ciertos libros debería ser obligado un informe psicotécnico.

Cuando un hombre malo –tonto- lee algo de una belleza tan exquisita como el Corán, solo encuentra motivos para el odio. Cuando un hombre tonto –malo- se enfrenta al Eclesiastés no entiende que está ante una de las mayores obras escritas en todos los tiempos. Da una rosa a un malvado y te desgarrará con sus espinas. Pero sería absurdo culpar a la rosa.

La civilización islámica es de gran belleza, de gran ciencia; nos ha dado grandes arquitectos, urbanistas, astrónomos, matemáticos, poetas, filósofos…. Pero de nada vale todo esto cuando la historia llega a un paleto de Cambrils, de Ripoll o del Ampurdán. Nada puede hacer la civilización por él. Nadie puede hacer nada por un lerdo, todo esfuerzo es fútil cuando la realidad nos pone un asno babeando delante de nosotros. Solo podemos esperar coces, rebuznos, olor a heces, moscas.

No, no se trata de un choque de religiones, ni mucho menos de civilizaciones. Se trata del nihilismo apestoso propio de nuestros tiempos, de la falta de dignidad del tonto en manada, de la ausencia de valores de cualquier panda de macarras, de las vidas tristes de quien ha fracasado por dentro, de los peores de la sociedad, de esos niñatos de las CUP reventando autobuses, de esos hooligans del Manchester reventando rivales, de esos ultras rusos que pegan a homosexuales, de esas hordas de escrache de la izquierda medieval, de los buses naranjas de la derecha enferma de odio, de la kale borroka de cualquier pueblo del norte, y, en definitiva de la parte inferior de esta sociedad de salvajes, iletrados, lerdos y enfermos.

 

No es por la religión. Es por la ausencia de ella.

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