Contra la derecha cafre

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Del mismo modo que Zapatero fue una ingente fábrica de votantes de Rajoy o que el “procés” ha resultado poco más que una factoría de españolismo, haríamos mal en olvidar que Aznar ha sido y sigue siendo una cadena postfordista de votos socialistas, populistas, comunistas y separatistas. Aznar no es parte de la solución sino del problema de la derecha. Esto no es 1996, gracias a Dios, y conviene recordar que el legado de sus ocho años se llama José Luis Rodríguez Zapatero.

Y es lógico porque cuando ese tipo de derecha se va, deja el campo quemado y yermo. Arrasa con todo. Guste o no guste a algunos, el discurso de la derecha que representa Aznar huele a taberna, como el de Podemos, porque en el fondo son muy similares. Se basan en el odio, en la mediocridad, en la frustración, en los complejos, en el rencor y en el dogmatismo.

Aznar ya no pintaba nada, felizmente. Mariano Rajoy logró -no sin esfuerzo- deshacerse de la losa aznarista, de su máquina de perder votos por el centro y, lo que es peor, de movilizar a la izquierda, que -pese a lo que dictan los lugares comunes- es lo que hace perder elecciones en España. Como todo ex presidente, Aznar era ya ese jarrón heredado, que no hace más que estorbar pero que no se puede tirar; no obstante, estaba controlado. O eso parecía, porque a la primera de cambio, el aznarismo ha llegado de nuevo. La deriva populista de la derecha que comenzó con Ciudadanos y que se profundizó con VOX, parece seducir a Casado por una aritmética electoral de lo más simplista: si mis votantes están yéndose a opciones populistas, solo tengo que recuperar un discurso cafre para que vuelvan.

Pero no funciona así, esto es contraintuitivo. Si te extremizas, dejas el centro al PSOE y movilizas a su electorado que corre despavorido ante la posibilidad de una mayoría absoluta de PP con Ciudadanos y VOX. Si Sánchez se equivoca podemizandose para intentar agradar a los votantes de extrema izquierda, Casado se equivoca aznarizandose y por el mismo motivo. No vas a ganar a VOX en radicalismo. No vas a ganar a Rivera en demagogia. El lugar del PP debe ser pegado al centro, muy lejos de discursos incendiarios, un discurso de socialdemocracia light, ordenada, contenida, bien gestionada, legalista, tecnócrata y que peque más de desideologización que de sobreexcitación. No conviene marcar estrategias con las gónadas.

Casado se ha equivocado gravemente. A Sánchez se le pueden reprochar muchas cosas, se me ocurren unas tres mil; el surtido de errores, defectos, debilidades y grietas del presidente, de su jefe de gabinete, de su consejo de ministros, de su grupo parlamentario y de sus socios Frankenstein es amplio, profundo y hay material de sobra para atizarle con razón y sin repetir argumento hasta 2020. Pero la que ha elegido es justo la única que no solo es falsa sino que además le fortalece. No. Sánchez no es participe ni responsable de ningún golpe de estado y no solo es muy grave sugerirlo sino contraproducente.

Haría bien Casado en dejar de intentar agradar a la derecha cafre que le susurra al oído, pero me temo que les debe el sillón. Haría bien en moderar discursos y formas porque creo que es capaz. Necesitamos una derecha pactista, moderada, tendente al acuerdo, que no odie visceralmente a quien no comparte sus postulados y sobre todo que no cometa errores infantiles como el de ayer porque Sánchez no es tonto -no es Zapatero- y aunque es evidente que el CIS se ha pasado de frenada, la tendencia es clara: el PSOE sube y el PP de Casado baja.

El indudable desprestigio del CIS de Tezanos no debe hacerles perder la perspectiva. Harían mal en no ver lo que todos vemos: los errores de la derecha están aupando a Sánchez a donde nunca soñó: la legitimidad y el centro del tablero político. Si quieren recuperar el centro, deben volver a la sensatez y romper el idilio con sus votantes más cafres. Y deben elegir entre ganar conversaciones en los bares y tertulias o gobernar. Es su decisión recuperar su techo político o seguir el sendero marcado por el que trajo a Zapatero y a la era Gurtel. Por cierto, quien los llevó a la mejor marca de su historia no tiene bigote. Es un señor de Pontevedra que corría raro, le pese a quien le pese.

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